Pero en ese mismo instante, entre las colinas sombrías, como una hilera de lámparas
azules que iluminasen el camino, aparecieron los marcianos.
El padre Stone fue el primero en verlos.
-¡Mire!
El padre Peregrine se volvió y dejó de reír.
Los azules globos de fuego se detuvieron palpitando entre las estrellas titilantes.
-¡Monstruos!
El padre Stone se incorporó de un salto. Pero el padre Peregrine lo retuvo.
-¡Espere!
-¡Tendríamos que haber ido a la ciudad!
-¡No! ¡Escuche, mire! -suplicó el padre Peregrine.
-¡Tengo miedo!
-No. Son obra de Dios.
-¡Del demonio!
-No. Serénese.
El padre Peregrine calmó al padre Stone, y volvieron a sentarse. Las esferas azules se
acercaron iluminando la cara de los dos sacerdotes.
Otra vez la noche del día de la Independencia, pensó el padre Peregrine,
estremeciéndose. Se sentía como un niño en aquellos atardeceres del cuatro de julio,
cuando estallaban los cielos, rompiéndose en estrellas de polvo y ardiente sonido, y las
ventanas de las casas temblaban como el hielo de mil charcos. Las tías, los tíos y los
primos. gritaban: ¡Ah! como ante un médico celestial. El cielo de verano se llenaba de
colores. Y los globos de fuego, encendidos por algún abuelo indulgente, se alzaban en
manos firmes y tiernas. ¡Oh, el recuerdo de aquellos hermosos globos de fuego, de luz
suave, de cálidos e hinchados tejidos, como alas de insecto, que yacían como mariposas
plegadas en cajas, y que al fin, después de un día de desorden y furia, los niños
desdoblaban cuidadosamente! Azules, rojos, blancos, patrióticos, ¡los globos de fuego! El
padre Peregrine vio otra vez los rostros de los familiares queridos, muertos hacía ya
mucho tiempo, y ya cubiertos de musgo, mientras el abuelo encendía las velitas,
permitiendo que el aire caliente subiera a llenar los globos luminosos que los niños
sostenían entre las manos, como una brillante visión que no se atrevían a liberar; pues ya
sueltos los globos, otro año se iba de la vida, otro cuatro de julio, otro fragmento de
belleza se perdía para siempre. Y hacia arriba, hacia arriba, todavía más arriba, hacia las
cálidas constelaciones del verano, subían los globos de fuego, mientras los ojos castaños
y azules los seguían desde los porches familiares. Allá, en el territorio de Illinois, sobre
ríos nocturnos y casas dormidas, los globos de fuego se elevaban cabeceando y
alejándose para siempre...
El padre Peregrine sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Sobre él oscilaban los
marcianos, como mil susurrantes globos de fuego. En cualquier momento su bondadoso
abuelo, muerto hacía ya tanto tiempo, aparecería a su lado, con los ojos clavados en la
belleza.
Pero era el padre Stone.
-¡Vámonos, por favor, padre!
-Tengo que hablarles.
El padre Peregrine se adelantó sin saber qué decir. ¿Qué les había dicho,
mentalmente, a los globos de fuego del pasado? Sois hermosos, sois hermosos. Nada
más, y eso ahora no parecía bastante. El padre Peregrine sólo atinó a levantar los
gruesos brazos y a gritarles como había deseado hacerlo en otro tiempo ante otros
globos:
-¡Hola!
Pero las esferas luminosas siguieron ardiendo como imágenes en un espejo oscuro.
Parecían inmóviles, gaseosas, milagrosas, eternas.