-Venimos con Dios -dijo el padre Peregrine dirigiéndose al cielo.
-¡Qué tontería, qué tontería! -El padre Stone se mordía el dorso de la mano-. ¡Cállese,
padre Peregrine, en nombre de Dios!
Las esferas fosforescentes se alejaron entre las colinas. Un instante después, habían
desaparecido.
El padre Peregrine las llamó de nuevo y el eco de su último grito sacudió las cimas más
próximas. Se dio vuelta y vio que un alud levantaba una nube de polvo, se detenía, y
luego, con un estruendo de ruedas de piedra, descendía por la montaña.
-¡Mire lo que ha hecho! -gritó el padre Stone.
El padre Peregrine miró las piedras, casi fascinado, y luego con horror. Se volvió,
sabiendo que sólo podrían correr unos metros. Serían aplastados por las rocas. Apenas
alcanzó a murmurar:
-¡Oh, Señor! -y las rocas cayeron.
-¡Padre!
Los sacerdotes fueron apartados de su sitio como el trigo de la cizaña. El débil
resplandor azul de unas esferas, unos astros fríos que se movieron rápidamente, el eco
de un trueno, y los padres se encontraron de pie en una arista rocosa a cincuenta metros
de distancia del lugar donde habían caído unas cuantas toneladas de piedra.
La luz azul se desvaneció.
Los padres se tomaron por los brazos.
-¿Qué ha ocurrido?
-¡Los fuegos azules nos trajeron aquí!
-¡Hemos venido corriendo!
-No, los globos nos salvaron la vida.
-¡Imposible!
-Pues así ha sido.
El cielo estaba desierto. Parecía como si una enorme campana hubiese dejado de
sonar. Las reverberaciones golpeaban aún los dientes y las médulas de los padres.
-Vámonos de aquí. Usted va a matarnos.
-No he temido a la muerte durante muchos años, padre Stone.
-No hemos probado nada. Esas luces azules huyeron al oír el primer grito. Todo esto
es inútil.
-No. -El padre Peregrine se sentía poseído por una maravillosa obstinación-. Nos
salvaron, de algún modo Eso prueba que tienen alma.
-Eso prueba solamente que pueden habernos salvado Fue algo confuso. Quizá
escapamos por nuestros propios medios.
-No son animales, padre Stone. Los animales no salvan vidas, y menos aún vidas
extrañas. Misericordia y compasión, eso hemos visto. Quizá, mañana, podamos probar
algo más.
-¿Probar qué? ¿Cómo? -El padre Stone sentía una inmensa fatiga. Su rostro
endurecido reflejaba la violencia por la que habían pasado su cuerpo y su mente-.
¿Siguiéndolos en helicópteros, leyéndoles capítulos y versículos? No son seres humanos.
No tienen ojos, ni oídos, ni cuerpos como los nuestros.
-Pero yo he sentido algo ante ellos -replicó el padre Peregrine-. Siento que va a
revelárseme algo muy importante. Nos salvaron. Piensan. Podían elegir: dejarnos morir o
salvarnos. ¡Esto prueba la existencia de un libre albedrío!
El padre Stone estaba ocupado en encender un fuego, mirando las ramitas que tenía
en la mano, tosiendo ante la humareda gris.
-Abriré un convento para ocas, un monasterio para cerdos devotos, y construiré una
microscópica capilla para que los infusorios puedan asistir a los servicios dominicales y
pasen las cuentas del rosario entre sus flagelos.
-Oh, padre Stone.