El padre Stone miraba el cielo y las luces azules. Luego, en silencio, se dejó caer sobre
una rodilla y recogió las balas tibias y las tuvo un momento en la palma de la mano. Cerró
firmemente los dedos.
El sol se levantaba detrás de los padres.
-Creo que debemos reunirnos con los otros, contarles lo que pasa y traerlos aquí -dijo
el padre Peregrine.
Cuando el sol llegó a lo alto del cielo, ya no estaban muy lejos del cohete.
El padre Peregrine dibujó un círculo en el centro del pizarrón encerado.
-Éste es Cristo, el hijo del Padre.
Los sacerdotes ahogaron un grito. El padre Peregrine se hizo el sordo.
-Este es Cristo en toda su gloria -continuó.
-Parece un problema de geometría -observó el padre Stone.
-Una comparación afortunada, pues se trata aquí de símbolos. Cristo no es menos
Cristo, como deben admitirlo ustedes, porque esté representado por un cuadrado o un
círculo. La cruz ha simbolizado, durante siglos, su amor y su agonía. Ahora este círculo
será el Cristo marciano. Así lo presentaremos en Marte.
Los padres, incómodos, se agitaron en sus asientos y se miraron.
-Usted, hermano Matías, fabricará un globo de vidrio lleno de fuego. Lo instalaremos
sobre el altar.
-Magia barata -murmuró el padre Stone. El padre Peregrine continuó pacientemente:
-Al contrario, les presentaremos a Dios mediante una imagen comprensible. ¿Si Cristo
se hubiese presentado en la Tierra como un pulpo, lo hubiéramos aceptado fácilmente? -
El padre Peregrine abrió las manos-. ¿Fue acaso un truco barato de Dios enviarnos a
Cristo bajo la forma de un hombre? Cuando hayamos bendecido la iglesia, y
consagremos el altar y este símbolo, ¿creéis que Cristo se rehusará a habitar esta forma?
Vuestros corazones saben muy bien que no.
-¡Pero el cuerpo de un animal sin alma! -dijo el padre Matías.
-Ya hemos discutido eso, muchas veces, hermano Matías. Esas criaturas nos salvaron
de las rocas. Comprendieron que la autodestrucción es algo pecaminoso, y la evitaron
una y otra vez. Por lo tanto tenemos que edificar una iglesia en las colinas, vivir junto a
ellos, que descubrir sus modos de pecar, sus extraños modos de pecar, y ayudarles a
encontrar a Dios.
Los padres no parecían complacidos con el proyecto.
-¿Os preocupa su forma? -preguntó el padre Peregrine-. ¿Pero qué es una forma? Sólo
un recipiente para el alma luminosa que Dios nos ha concedido. Si yo mañana
descubriese que los leones marinos son inteligentes y libres, que saben cuándo no deben
pecar, que comprenden el significado de la existencia, y que moderan la justicia con la
misericordia y la vida con el amor, yo levantaría entonces una catedral submarina. Y si los
gorriones fueran dotados, milagrosamente, y por voluntad de Dios, de un alma inmortal,
llenaría una iglesia de helio y los perseguiría por los aires, pues todas las almas,
cualquiera sea su forma, que gocen de libre albedrío y tengan conciencia de sus pecados,
arderán en el infierno si no enderezan su vida. No dejaré por lo tanto que una esfera
marciana arda para siempre en el infierno. Es una esfera sólo ante mis ojos. Cuando
cierro los ojos la veo ante mí como inteligencia, amor, espíritu... y no puedo no hacerle
caso.
-¡Pero ese globo de vidrio que usted desea instalar en el altar! -protestó el padre Stone.
-Pensad en los chinos -replicó el padre Peregrine imperturbable-. ¿Qué clase de Cristo
adoran los cristianos en la China? Un Cristo oriental, naturalmente. Todos habéis visto
escenas de navidad orientales. ¿Cómo está vestido Cristo? Con ropas asiáticas. ¿Por
dónde anda? Entre casas de bambú y montañas de niebla, y árboles torcidos. Las
pestañas son más largas; los huesos de las mejillas, más altos. Cada país, cada raza,
añaden algo suyo a Nuestro Señor. Me acuerdo de la Virgen de Guadalupe, a quien