-Deseamos deciros que apreciamos que hayáis construido este edificio para nosotros,
pero no nos hace falta, pues cada uno de nosotros es un templo en sí mismo, y no
necesita lugar alguno para purificarse. Perdonadnos que no hayamos venido antes, pero
vivimos muy apartados los unos de los otros, y no hemos hablado con nadie durante diez
mil años, ni hemos intervenido en la vida de este viejo planeta. Se os ha ocurrido ahora
que somos como los lirios del campo: no trabajamos, no hilamos. Tenéis razón. Os
sugerimos por lo tanto que llevéis este templo a las nuevas ciudades y allí limpiéis a otros
hombres. Pues creedlo, nosotros vivimos felices, y en paz.
Los padres seguían arrodillados, envueltos en aquella vasta luz azul, y el padre
Peregrine se había arrodillado también, y todos lloraban. No les importaba haber perdido
el tiempo. No les importaba.
Las esferas azules murmuraron y comenzaron a elevarse otra vez, en una ráfaga de
aire fresco.
-Puedo... -gritó el padre Peregrine, titubeando, y con los ojos cerrados-, ¿puedo venir
otra vez, algún día, a aprender de vosotros?
Los fuegos azules resplandecieron. El aire se estremeció.
Sí. Algún día podría volver. Algún día.
Y en seguida los globos de fuego se alejaron y desaparecieron, y el padre Peregrine
era un niño arrodillado, con los ojos llenos de lágrimas, que gritaba:
-¡Vuelvan! ¡Vuelvan! -Y en cualquier momento el abuelo lo alzaría en brazos y lo
llevaría escaleras arriba, a aquel dormitorio de un antiguo pueblo de Ohio...
Los padres abandonaron las colinas. Caía el sol. El padre Peregrine volvió la cabeza y
vio los fuegos azules que ardían a lo lejos. No, pensó, no podemos levantar una iglesia
para vosotros. Sois la belleza misma. ¿Qué iglesia puede competir con el fuego de un
alma pura?
El padre Stone caminaba en silencio a su lado, y dijo al fin:
-Yo creo que hay una verdad en todos los mundos. Y todas ellas son partes de una
misma verdad. Un día todas se unirán como trozos de un gran rompecabezas. Ha sido
una verdadera experiencia, padre Peregrine. Nunca volveré a tener más dudas. Pues esta
verdad es tan cierta como la verdad de la Tierra, y ambas concuerdan entre sí. Iremos a
otros mundos, y sumaremos las distintas fracciones de la verdad hasta que el total se alce
ante nosotros como la luz de un nuevo día.
-Es mucho decir viniendo de usted, padre Stone.
-Lamento, en cierto modo, que descendamos a la ciudad, para ocuparnos de seres de
nuestra propia especie. Esas luces azules. Cuando se posaron alrededor de nosotros, y
esa voz.
El padre Stone se estremeció.
El padre Peregrine lo tomó de un brazo. Caminaron juntos.
-Y sabe usted -dijo el padre Stone finalmente, con la vista fija en el hermano Matías
que marchaba ante ellos, llevando cuidadosamente en los brazos aquella esfera de vidrio
donde una fosforescencia azul brillaba para siempre-, sabe usted, padre Peregrine, ese
globo...
-¿Sí?
-Es Él. Es Él, al fin y al cabo.
El padre Peregrine sonrió y juntos descendieron por las colinas, hacia la nueva ciudad.
LA ÚLTIMA NOCHE DEL MUNDO
-¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?