-Atravesadle el corazón con la aguja.
-¡El espejo, el espejo! Sacadlo del saco del Tarot. Limpiadle el polvo, ¡mirad un
momento!
Se inclinaron sobre el cristal con los rostros blancos.
-Mirad, mirad, mirad...
Un cohete se movía por el espacio, desde el planeta Tierra hacia el planeta Marte.
Dentro de la nave agonizaban unos hombres.
El capitán, cansado, levantó la cabeza.
-Tendremos que darle morfina.
-Pero, capitán...
-Ya ven ustedes el estado de este hombre.
El capitán apartó la manta de lana, y el hombre acostado sobre la sábana húmeda se
estremeció y gimió. Unas nubes sulfurosas llenaban el aire.
-Lo vi... lo vi. -El hombre abrió los ojos, y miró fijamente la ventanilla, por donde sólo se
veía el espacio oscuro, las estrellas móviles, la Tierra que se alejaba, y Marte que crecía,
grande y rojo-. Lo vi... un murciélago, un murciélago con cara de hombre, detrás de la
ventanilla. Aleteaba, y aleteaba y aleteaba...
-¿Qué pulso tiene? -preguntó el capitán.
El enfermero contó los latidos.
-Ciento treinta.
-No puede seguir así. Denle morfina. Vamos, Smith.
El capitán y Smith se alejaron. De pronto, las planchas del piso se cubrieron de huesos
y cráneos blancos que lanzaban agudos chillidos. El capitán no se atrevió a bajar los ojos,
y volviéndose hacia una puerta, gritó:
-¿Perse está aquí?
Un cirujano vestido de blanco se apartó de un cuerpo.
-No lo entiendo.
-¿Cómo murió Perse?
-No lo sabemos, capitán. No fue el corazón, ni el cerebro... Se murió, simplemente.
El capitán tocó la muñeca del médico. La muñeca se convirtió en una serpiente
sibilante y mordió al capitán. El capitán no pestañeó.
-Cuídese, doctor. Tiene usted un pulso bastante rápido.
El médico asintió con un movimiento de cabeza.
-Perse se quejaba de dolores... agujas, decía... en los brazos y piernas. Decía que era
un muñeco de cera que estaba derritiéndose. Rodó por el suelo. Lo ayudé a levantarse.
Gritaba como un chico. Decía que una aguja le atravesaba el corazón. Y murió. Eso es
todo. Podemos repetir la autopsia si usted quiere. No he advertido nada anormal.
-¡Es imposible! ¡Ha muerto de algo!
El capitán se acercó a la ventanilla. Las cuidadas manos le olían a mentol, iodo y jabón
antiséptico. Se había cepillado los dientes y se había frotado con fuerza las orejas y las
mejillas. Su uniforme tenía el color de la sal. Sus botas eran como espejos oscuros y
brillantes. El cabello crespo y cortado al rape le olía a alcohol. Hasta su aliento era suave
y limpio. No tenía una sola mancha. Era un instrumento nuevo y afilado que conservaba
aún la temperatura del autoclave.
Los otros tripulantes estaban cortados por la misma tijera. Uno esperaba ver en sus
espaldas unas llaves enormes que giraban lentamente. Eran juguetes costosos, eficaces,
bien aceitados, obedientes y veloces.
El capitán observó el planeta que crecía en el espacio.
-Dentro de una hora estaremos en ese lugar maldito. Smith, ¿ha visto usted algún
murciélago? ¿Ha tenido usted pesadillas?