-Sí, señor. Un mes antes que el cohete saliera de Nueva York. Unas ratas blancas me
mordían el cuello, me bebían la sangre. No dije nada. Temía que usted no me dejase
venir.
-No importa -suspiró el capitán-. Yo también he tenido pesadillas. Hasta poco antes que
saliéramos de la Tierra yo nunca había soñado. Ni un solo sueño en mis cincuenta años
de vida. Y desde entonces todas las noches sueño que soy un lobo blanco. Me cazan en
una colina de nieve y me matan con una bala de plata. Y con una estaca me atraviesan el
corazón. -Señaló Marte con un movimiento de cabeza-. ¿Cree usted, Smith, que ellos
saben que estamos llegando?
-No sabemos si se trata de marcianos, señor.
-¿No sabemos? Comenzaron a asustarnos hace ocho semanas, antes que dejásemos
la Tierra. Mataron a Perse y a Reynolds. Ayer dejaron ciego a Grenville. ¿Cómo? No lo
sé. Murciélagos, agujas, sueños, hombres que mueren sin motivo. Brujería, lo hubiesen
llamado antes. Pero estamos en el año 2120, Smith. Somos hombres de mente clara.
Esto no puede ocurrir. Y sin embargo ocurre. Quienesquiera que sean, con sus agujas y
sus murciélagos, tratan de terminar con nosotros. -Se volvió hacia Smith-. Smith, traiga
esos libros que hay en mis estantes. Quiero tenerlos conmigo en el momento de aterrizar.
Doscientos libros fueron apilados en la cubierta del cohete.
-Gracias, Smith. ¿Les ha echado una ojeada? Pensará que estoy loco. Quizá. No sé
cómo se me ocurrió. Al último momento pedí estos libros al Museo de Historia. A causa de
mis sueños. Durante veinte noches fui acuchillado, descuartizado. Durante veinte noches
fui un murciélago clavado con alfileres en una mesa de operaciones, algo que se pudría
bajo tierra en un negro ataúd. Sueños, pesadillas. Toda la tripulación soñó con brujas y
vampiros y fantasmas. Seres que estos hombres no podían de ningún modo conocer.
¿Por qué? Porque todas las obras con estos horribles temas fueron destruidas hace casi
un siglo. Se dictó una ley. Se prohibió conservar esos espantosos volúmenes. Esos libros
que ve ahí son los últimos ejemplares, objetos históricos que se guardaban en las cajas
fuertes de los museos.
Smith se inclinó para leer los títulos cubiertos de polvo.
-Cuentos de Misterio e Imaginación, por Edgar Allan Poe; Drácula, por Bram Stoker;
Frankestein, por Mary Shelley, Otra Vuelta de Tuerca, por Henry James; La Leyenda del
Valle del Sueño, por Washington Irving; La Hija de Rapaccini, por Nathaniel Hawthorne;
Un Incidente en el Puente del Arroyo del Búho, por Ambrose Bierce; Alicia en el País de
las Maravillas, por Lewis Carroll; Los Sauces, por Algernon Blackwood; El Mago de Oz,
por L. Frank Baum; La Extraña Sombra sobre Insmouth, por H. P. Lovecraft. ¡Y más!
Libros por Walter de la Mare, Wakefield, Harvey, Wells, Asquith, Huxley... todos autores
prohibidos. Todos quemados el mismo año en que las fiestas de la víspera de Todos los
Santos fueron puestas fuera de la ley, en el que prohibieron la Navidad.
-Pero, señor, ¿para qué nos sirven estos libros?
-No sé -suspiró el capitán-, todavía.
Las tres hechiceras levantaron el espejo donde temblaba la imagen del capitán. La
vocecita tintineó dentro del vidrio.
-No sé -suspiró el capitán-, todavía.
Las brujas de ojos enrojecidos se miraron.
-No tenemos mucho tiempo -dijo una.
-Será mejor que vayamos a la ciudad, a avisarles -dijo otra.
-Querrán saber algo de los libros. Esto no tiene buen aspecto. ¡Ese capitán imbécil!
-El cohete llegará dentro de una hora.
Las tres hechiceras se estremecieron, y entornando los ojos miraron la ciudad de
esmeralda, a orillas del mar seco. En la más alta de las ventanas un hombre abría una
cortina del color de la sangre. El hombre observó las tierras baldías donde las brujas