-¡Señor Poe! ¡Señor Bierce!
-¡Sí, sí, ya vamos!
Poe y Bierce descendieron y se encontraron con un hombre que jadeaba apoyándose
en uno de los muros de piedra.
-¿Han oído las noticias? -gritó el hombre, tomándose de ellos como si estuviese a
punto de caer en un abismo-. ¡Llegarán dentro de una hora! ¡Y traen libros! ¡Viejos libros!
¡Así dijeron las brujas! ¿Qué están haciendo en la torre en un momento como éste? ¿No
piensan actuar?
-Hacemos lo que podemos, Blackwood -dijo Poe-. Usted es aún nuevo en estas lides.
Acompáñenos, vamos a ver al señor Charles Dickens...
-...a asistir a nuestro destino, a nuestro negro destino -dijo el señor Bierce guiñando un
ojo.
Los tres hombres descendieron por las resonantes gargantas del castillo, por escalones
verdes y oscuros, hasta la humedad, las ruinas, las arañas y las telas como sueños.
-No se preocupe. -La frente de Poe, una gran lámpara blanca que alumbraba el
camino, descendía, hundiéndose en las profundidades-. Todo a lo largo del mar muerto
he estado llamando a los otros. Mis amigos y los amigos de ustedes. Todos están allí. Los
animales y las viejas y los gigantes de dientes blancos y afilados. Las trampas ya están
preparadas, y los pozos, sí, y los péndulos. La Muerte Roja. -Se rió suavemente-. Sí,
también la Muerte Roja. Nunca pensé... no, nunca pensé que un día la Muerte Roja iba a
existir de veras. Pero ellos la han pedido, ¡y la tendrán!
-¿Pero somos bastante fuertes? -preguntó Blackwood.
-¿Fuertes cómo? No nos esperan, por lo menos. Carecen de imaginación. Esos
jóvenes del cohete, tan limpios, con sus escobas antisépticas y sus cascos como
peceras... Sacerdotes de un nuevo culto. Alrededor de sus cuellos, colgados de cadenas
de oro, escalpelos. Sobre la frente, una diadema de microscopios. En sus dedos santos,
unas urnas de incienso humeante que son en realidad unos hornos germicidas para
destruir la superstición. Los nombres de Poe, Bierce, Hawthorne, Blackwood... blasfemias
en sus labios puros.
Ya fuera del castillo avanzaron por unos terrenos húmedos, un pantano que no era un
pantano. Las nieblas se levantaban como una pesadilla. En el aire había ruidos de alas y
silbidos agudos. Las tinieblas y el viento corrían de un lado a otro. Se oían unas voces
cambiantes, y unas figuras se inclinaban sobre las llamas. El señor Poe observó las
agujas que tejían y tejían a la luz del fuego, que tejían el dolor y la miseria, que tejían el
mal sobre muñecos de arcilla, sobre títeres de cera. De los calderos surgía, silbando, un
olor a ajo, azafrán y pimienta, que llenaba la noche con su acritud demoníaca.
-¡Continuad! -dijo Poe-. ¡Volveré pronto!
Todo a lo largo de la costa del mar seco unas figuras negras giraban y se
empequeñecían, crecían y se transformaban en un humo negro que ocultaba el cielo.
Unas campanas repicaban en las torres altas como montanas y unos cuervos de alquitrán
huían ante el sonido del bronce y se dispersaban en cenizas.
Poe y Bierce cruzaron de prisa un páramo solitario y un vallecito, y se encontraron de
pronto en una callejuela empedrada, por donde corría un viento frío y penetrante. La
gente se paseaba de arriba abajo, tratando de calentarse los pies. La niebla cubría la
calle, y las velas ardían en los escaparates y ventanas donde colgaban los pavos de
Navidad. A cierta distancia, algunos niños, envueltos en ropas de lana, exhalando sus
pálidos alientos en el aire invernal, entonaban un villancico, mientras que las campanas
de un inmenso reloj daban continuamente las doce de la noche. Otros chicos salían
corriendo de la panadería llevando en los brazos harapientos unas cenas que humeaban
en bandejas y fuentes de plata.
En un anuncio se leía SCROOGE, MARLEY y DICKENS. Poe hizo sonar el llamador,
que era el retrato de Marley, y al abrirse la puerta brotó del interior una bocanada de