música que casi los hizo bailar. Y allí, por encima del hombro de alguien que les apuntaba
con una barbita y unos bigotes, vieron al señor Fezziwig, que batía palmas, y a la señora
de Fezziwig, una vasta e inalterable sonrisa, que bailaba y chocaba con otros alegres
compañeros, mientras los violines chillaban y las risas corrían alrededor de la mesa como
los cristales de una araña de luces agitada por el viento. Sobre la mesa se amontonaban
las carnes, y los pavos, y las ramas de acebo, y los gansos, y los pasteles, y los tiernos
lechones coronados de salsas, y las naranjas y las manzanas. Y allí estaban Bob Cratchit
y la pequeña Dorrit y Tiny Tim y el mismo señor Fagin, y un hombre que parecía un trozo
de carne a medio asar, un grano de mostaza, una pizca de queso, un fragmento de papa
mal cocida. ¿Quién podía ser sino el mismísimo señor Marley, con cadenas y todo? Y
corría el vino, y de los pavos asados brotaba un humo que esparcía por el cuarto lo mejor
de las aves.
-¿Qué quieren? -preguntó el señor Charles Dickens.
-Venimos a pedírselo otra vez, Charles -dijo Poe-. Necesitamos su ayuda.
-¿Mi ayuda? ¿Pero creen que voy a enfrentar a esos hombres excelentes? Además,
éste no es mi mundo. Quemaron mis libros sólo por error. No soy un aficionado a lo
sobrenatural. No he escrito libros terroríficos como usted, Poe; usted, Bierce, y los otros.
No soy como ustedes, ¡horribles criaturas!
-Es usted un razonador convincente -comentó Poe-. Podría usted recibir a los hombres
del cohete, adormecerlos, adormecer sus sospechas, y luego... Luego intervendríamos
nosotros.
El señor Dickens miraba los pliegues de la capa en donde Poe ocultaba las manos.
Poe, sonriendo, sacó un gato negro.
-Para uno de los visitantes.
-¿Y para los otros?
Poe sonrió otra vez, complacido.
-¿El enterramiento prematuro?
-Es usted un hombre siniestro, señor Poe.
-Soy un hombre asustado y lleno de odio. Soy un dios, señor Dickens, como usted,
como todos nosotros. Y no sólo amenazaron nuestras creaciones... nuestros personajes,
si así lo prefiere. Las suprimieron, quemaron, destrozaron y censuraron Acabaron con
ellas. ¡Nuestros mundos se derrumban! ¡La lucha alcanza a los dioses!
-¿Y? -El señor Dickens miró a un lado y a otro, deseando volver a la fiesta, la música y
la comida-.
¿Por eso estamos aquí?
-La guerra engendra guerra. La destrucción engendra destrucción. Hace un siglo, en la
Tierra, en el ano 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así
nuestras obras... Tuvimos que salir de... ¿qué? ¿La muerte? ¿El más allá? No me gustan
las palabras abstractas. No sé. Sólo sé que oímos el llamado de nuestros mundos,
nuestras invenciones, y que tratamos de salvarlos. Hemos pasado un siglo entero en
Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las
dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras
tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a
uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más
salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo
necesitamos.
-Ya se lo he dicho. No soy uno de ustedes. No estoy de acuerdo ni con usted ni con los
otros -dijo Dickens, enojado-. Yo no he jugado con brujas, vampiros y cosas nocturnas.
-¿Y Cuento de Navidad?
-¡Ridículo! Sólo un libro. Oh, escribí otros que también tratan de fantasmas, pero ¿y
eso qué? Mis obras esenciales no tienen ninguna relación con esas tonterías.