-De un modo o de otro lo identificaron como uno de los nuestros. Destruyeron sus
libros... sus mundos. ¡Tiene que odiarlos! ¡Tiene que odiarlos, señor Dickens!
-Reconozco que son unos estúpidos mal educados, pero nada más. ¡Buenos días!
-¡Deje venir al señor Marley, por lo menos!
-¡No!
Dickens dio un portazo. Mientras Poe se alejaba, en el fondo de la calle, resbalando en
el suelo escarchado, apareció una carroza. El cochero tocaba en un cuerno una alegre
melodía. Y de la carroza, con las mejillas encendidas como cerezas, riéndose y cantando,
salieron los Pickwickianos y golpearon la puerta, y cuando el rollizo muchacho salió a
recibirlos, entraron gritando ¡Feliz navidad! con voces fuertes y alegres.
El señor Poe corrió a lo largo de la costa envuelta en las sombras de la medianoche.
De cuando en cuando se detenía, ante los fuegos y las humaredas, y lanzaba órdenes, o
examinaba los hirvientes calderos, los brebajes y los pentagramas trazados con tiza.
-¡Muy bien! -decía y volvía a correr-. ¡Magnífico! -gritaba, y seguía corriendo. La gente
se acercaba y corría con el. El señor Coppard y el señor Machen lo acompañaban ahora.
Y allí, gimiendo, babeando, escupiendo, quedaron las sibilantes serpientes, los airados
demonios, los feroces dragones amarillos, las víboras, las brujas temblorosas, y las púas
y las ortigas y las espinas, y todo lo que el retirado mar de la imaginación había dejado en
esa costa melancólica.
El señor Machen se detuvo. Se dejó caer, como un niño, sobre la arena fría. Sollozó.
Los otros trataron de calmarlo. Machen no los escuchaba.
-Se me acaba de ocurrir -les dijo-. ¿Qué será de nosotros el día que destruyan los
últimos ejemplares?
El aire se arremolinó.
-¡No hable de eso!
-Tenemos que hablar -gimió el señor Machen-. Ahora. ahora mismo, mientras se
acerca el cohete, señor Poe; usted, Coppard; usted, Bierce... todos parecen más débiles.
Como una humareda. Se deshacen. Las caras se les disuelven...
-¡La muerte! ¡La muerte real!
-Sólo existimos en el sufrimiento de la Tierra. Si un edicto final destruye esta noche los
últimos ejemplares de nuestras obras, seremos sólo unas luces que se apagan.
Coppard reflexionó:
-Me pregunto quién soy. ¿En qué mente terrestre existo esta noche? ¿En alguna choza
africana? ¿Algún ermitaño estará leyendo mis obras? ¿Será él la única luz que el huracán
del tiempo y la ciencia ha dejado encendida? ¿La llama vacilante que alimenta este exilio
rebelde? ¿Ser él? ¿O algún niño que me encuentra, justo a tiempo, en una olvidada
bohardilla? Oh, anoche me sentí enfermo, enfermo hasta la médula, pues existe también
un cuerpo del alma, lo mismo que un cuerpo del cuerpo, y este cuerpo del alma me dolía,
todo este cuerpo luminoso. Anoche me sentí como una vela goteante... ¡Y de pronto me
incorporé difundiendo una luz nueva! Como si algún niño hubiese encontrado en un
granero terrestre, enmohecido y polvoriento, uno de mis agusanados ejemplares,
manchado por los años. ¡Y tuve así un nuevo respiro!
En una cabaña, junto a la costa, se golpeó una puerta. Un hombre de baja estatura, de
carnes flacas y colgantes, salió de la choza, y sin fijarse en los otros, se sentó en la playa
de arena y se miró los puños crispados.
-Ese me apena de veras -murmuró Blackwood-. Mírenlo. Se muere. Fue una vez más
real que nosotros, y nosotros éramos hombres. Nació como una idea esquelética, y luego,
durante siglos, lo fueron vistiendo con carnes rosadas y barbas de nieve y trajes de
terciopelo rojo y botas negras. Le añadieron pinos, lentejuelas, hojas de acebo. Y al fin lo
ahogaron en una cuba de desinfectante.
Los hombres guardaron silencio.