-¿Cómo será la Tierra sin navidad? -se preguntó Poe-. Sin castañas, sin árbol, sin
adornos, tambores ni velas. Nada. Nada, sino la nieve y el viento y los hombres solitarios
y prácticos...
Todos miraron al viejito, de barba rala y traje descolorido.
-¿No conocen la historia?
-Me la imagino. El psiquiatra de ojos brillantes, el inteligente sociólogo, el pedagogo
resentido de boca espumosa, los padres antisépticos...
-Una situación lamentable para los comerciantes -dijo Bierce con una sonrisa-.
Recuerdo que exhibían adornos y entonaban villancicos desde fines de octubre. Este año
habrán empezado en setiembre...
Bierce dejó de hablar. Lanzó un suspiro y cayó de bruces. Tendido en la arena tuvo
tiempo de decir:
-¡Qué interesante! -, y luego, mientras los demás lo miraban con horror, ardió y fue un
polvo azul, y unos huesos calcinados, y unas cenizas que flotaron en el aire como copos
oscuros.
-¡Bierce, Bierce!
-Se ha ido.
-Su último libro. Alguien acaba de quemarlo allá en la Tierra.
-Que descanse en paz. Nada de él queda ahora. Desaparecemos con ellos.
Un sonido veloz en el aire.
Todos gritaron, asustados, y alzaron los ojos. En el cielo, envuelto en unas luminosas y
chirriantes nubes de fuego, estaba el cohete. Alrededor de las figuras de la costa se
agitaron las linternas. Rechinaron los dientes, burbujearon los líquidos, y se sintió un olor
de filtros destilados. Las calabazas de ojos de velas encendidas se elevaron en el aire
claro y frío. Los dedos huesudos se cerraron en puños, y una bruja de boca desdentada
gritó:
-¡Nave, nave, cae, destrózate! ¡Nave, nave, incéndiate! ¡Rómpete, quiébrate, fúndete!
¡Conviértete en polvo de momia, en pellejo de gato!
-Hora de irse -murmuró Blackwood-. A Júpiter, a Saturno o a Plutón.
-¿Escapar? -gritó Poe en medio del viento-. ¡Nunca!
-Soy viejo y estoy cansado.
Poe miró la cara de Blackwood y comprendió. Subió rápidamente a la cima de una
duna y enfrentó las diez mil sombras grises y las luces verdes y los ojos amarillos que
flotaban en el viento ululante.
-¡Los polvos! -gritó.
Un olor caliente y espeso a almendras amargas, cebollas, comino, santónico y raíces
de lirio.
El cohete descendía, implacablemente, aullando como un alma condenada. Poe lo miró
enfurecido. Alzó los puños, y la orquesta de calor, olor y odio le respondió con un acorde.
Como cortezas arrancadas de un árbol se levantaron los murciélagos. Unos corazones en
llamas se elevaron como proyectiles y estallaron en el aire chamuscado como sangrientos
fuegos de artificio. El cohete descendía, descendía, incesantemente, como un péndulo. Y
Poe, furioso, gritaba, retrocedía mientras el cohete avanzaba y avanzaba cortando y
devorando el aire. Y el mar muerto parecía una cisterna donde las víctimas esperaban el
descenso de la máquina horrible, del hacha centelleante, de la roca que caía hacia ellos.
-¡Las serpientes! -gritó Poe.
Y unas luminosas serpientes de un verde ondulante atacaron el cohete. Pero el cohete
-una llama, un movimiento- descendió en las arenas, a un kilómetro de distancia,
lanzando alrededor los últimos restos de su plumaje rojo.
-¡A él! -gritó Poe-. ¡Cambiaremos los planes! ¡Una oportunidad aún! ¡La última! ¡A él!
¡Corran! ¡Ahoguémoslo con nuestros cuerpos! ¡Que mueran todos!