Y como si le hubiese ordenado a un mar furioso que cambiara su curso, que
abandonara su lecho primitivo, los torbellinos y las salvajes trombas del fuego se
dispersaron y corrieron, como vientos y lluvias y relámpagos, sobre las arenas del mar,
por las hondonadas vacías, con sombras y gritos, silbidos y lamentos, chispas y
corrientes, hacia el cohete que yacía extinguido, como una antorcha metálica y limpia, en
el más lejano de los valles. Y como si un inmenso caldero calcinado de lava espumosa se
hubiese volcado de pronto, una hirviente marea de animales y hombres cubrió los
abismos desiertos.
-¡Mátenlos! -gritó Poe.
Los hombres del cohete salieron de la nave, con las armas preparadas. Dieron unos
pasos, oliendo el aire como perros de presa. No vieron nada. Se tranquilizaron. Por último
salió el capitán. Dio brevemente unas órdenes. Se juntaron unas maderas, se
encendieron, y el fuego creció en un instante. El capitán reunió a su alrededor a los
hombres, en un semicírculo.
-Un mundo nuevo -dijo, tratando de hablar con serenidad aunque de cuando en cuando
miraba nerviosamente y por encima del hombro hacia el mar vacío-. El viejo mundo ha
quedado atrás. Empezamos otra vez. Nada será más simbólico que dedicarnos, con
mayor firmeza aún, a la ciencia y al progreso. -Hizo una seña a su ayudante-. Los libros.
La luz de la hoguera iluminó los borrosos títulos dorados: Los Sauces, El Extraño, La
Mirada, El Soñador, El Doctor Jekyll y el Señor Hyde, El País de Oz, Pellucidar, El País
Olvidado por el Tiempo, El Sueño de una Noche de Verano, y los monstruosos nombres
de Machen y Edgard Allan Poe y Campbell y Dunsany y Blackwood y Lewis Carroll; los
nombres, los viejos nombres, los nombres malditos.
-Un mundo nuevo. Con este acto tan simple quemamos los últimos restos del pasado.
El capitán arrancó las páginas de los libros. Las hojas marchitas alimentaron la
hoguera.
Un grito.
Los hombres dieron un salto, y se quedaron mirando, por encima de las llamas, las
orillas del océano desierto.
¡Otro grito! Penetrante y triste, como la agonía de un dragón, o el espasmo de un
cetáceo jadeante cuando las aguas del mar se secan y evaporan en los abismos.
El silbido del aire que corría a ocupar el sitio vacío donde antes había habido algo.
El capitán dispuso del último libro arrojándolo al fuego.
El aire dejó de vibrar.
Silencio.
Los hombres del cohete se inclinaron hacia delante para escuchar mejor.
-Capitán, ¿ha oído?
-No.
-Como una ola, señor. ¡En el fondo del mar! Me pareció ver algo. Allí. Una ola negra.
Enorme. Venía hacia nosotros.
-Habrá visto mal.
-¡Allá, señor!
-¿Qué?
-¿No ve? ¡La ciudad! La ciudad verde junto al lago. Se parte en dos. ¡Se derrumba!
Los hombres se adelantaron entornando los ojos.
Smith temblaba. Se llevó una mano a la cabeza como buscando algo.
-Sí, recuerdo -dijo-. Sí. Hace muchos años, cuando yo era chico. Un libro que leí. Un
cuento Oz, creo que se llamaba. Sí, Oz. La ciudad esmeralda de Oz.
-Oz. Nunca oí ese nombre.
-Sí, Oz. Eso era. La acabo de ver. Como en el cuento. Se derrumba.
-¡Smith!