-¿Señor?
-Preséntese mañana al psicoanalista.
-Si, señor.
Smith saludó.
-Y tenga cuidado.
Los hombres avanzaron de puntillas, con las armas vigilantes, alejándose de las luces
asépticas del cohete para examinar el mar extenso y las colinas bajas.
-Pero, ¡cómo! -murmuró Smith, desilusionado-. No hay nadie aquí. Absolutamente
nadie.
El viento gimió cubriéndole de arena los zapatos.
UNA NOCHE O UNA MAÑANA CUALQUIERA
El hombre había fumado un paquete de cigarrillos en dos horas.
-¿En qué punto del espacio nos encontramos en este momento?
-A un billón de kilómetros.
-¿A un billón de kilómetros de dónde? -dijo Hitchcock.
-Depende -dijo Clemens, que no fumaba.
-Dilo, entonces.
-Nuestra casa. La Tierra. Nueva York, Chicago. El lugar de donde venimos. Cualquiera
que sea.
-No me acuerdo -dijo Hitchcock-. Ni siquiera se si la Tierra existe. ¿Y tú?
-Sí. Soñé con ella esta mañana.
-No hay mañanas en el espacio.
-Esta noche entonces.
-Siempre es de noche -dijo Hitchcock suavemente- ¿De qué noche hablas?
-Cállate -dijo Clemens irritado-. Déjame en paz.
Hitchcock encendió otro cigarrillo. No le temblaban las manos, pero parecía como si se
estremeciese bajo la piel tostada por el sol. Un leve estremecimiento en las manos, y un
invisible estremecimiento a lo largo del cuerpo. Los dos hombres, sentados en el piso de
la galería de observación, contemplaban las estrellas. Los ojos de Clemens brillaban
intensamente, pero los ojos de Hitchcock, ausentes y apagados, no se fijaban en nada.
-Me desperté a las 05.00 -dijo Hitchcock- como si le hablase a su mano derecha-. Y me
oí gritar: «¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy?» Y la respuesta fue: «En ninguna parte.» Y dije
entonces: «¿Dónde he estado?» Y respondí: «En la Tierra.» «¿Qué es la Tierra?» me
pregunté. «El lugar donde nací» me dije. Pero las palabras no tenían sentido, y peor aún.
No creo en nada que no pueda ver o tocar. No puedo ver la Tierra, ¿por qué voy a creer
que existe? Es mejor así, es mejor no creer.
-Allá está la Tierra -apuntó Clemens, sonriendo-. Aquel punto luminoso.
-Eso no es la Tierra. Es nuestro sol. Desde aquí no se ve la Tierra.
-Yo puedo verla. Tengo buena memoria.
-No seas tonto. No es lo mismo -dijo Hitchcock bruscamente, algo enojado-. Quiero
decir verla de veras. Siempre he sido igual. Cuando estoy en Boston, no existe Nueva
York. Cuando estoy en Nueva York, no existe Boston. Cuando no veo a alguien durante
todo un día, ese hombre no existe. Cuando lo encuentro en la calle, Dios mío, es como
una resurrección. Casi me pongo a bailar. Me alegra tanto verlo... Me acostumbro, sin
embargo. Dejo de bailar. Miro solamente. Y cuando el hombre se va, deja de existir, otra
vez.
Clemens se rió.