Hitchcock sacó un cigarrillo, lo encendió, y comenzó a aspirar y a echar humo, una y
otra vez.
-¿Qué clase de infancia tuviste, Hitchcock? -dijo Clemens.
-Nunca fui joven. Lo que fui o pude ser, está muerto. Volvemos a tus puercoespines,
Clemens. Gracias, no quiero que me atraviesen de parte a parte. Siempre pensé que uno
muere todos los días, y que los días son como cajones, ¿comprendes?, con su marbete y
todo. Y no hay que volver atrás, ni levantar la tapa, pues uno muere un par de miles de
veces, y deja un montón de cadáveres, todos con una muerte distinta, y con una
expresión cada vez peor. En cada uno de esos días hay un yo diferente, alguien a quien
no conoces, o no comprendes, o no quieres comprender.
-Te apartas de ti mismo, de ese modo.
-¿Qué tengo que ver con ese Hitchcock más joven? Era un tonto. Todos se lo llevaban
por delante, abusaban y se aprovechaban de él. Su padre no servía para nada, y lo
mismo su madre. Cuando ella murió, el joven Hitchcock se sintió contento. ¿Tengo que
retroceder y mirar embobado la cara de aquel tonto?
-Todos somos tontos -dijo Clemens-. Siempre. Aunque todos los días de un modo
distinto. Pensamos: ya no soy un tonto. He aprendido la lección. Fui un tonto ayer, pero
no esta mañana. Y al día siguiente descubrimos, sí, que también ayer éramos unos
tontos. Sólo podemos progresar y desarrollarnos si admitimos que no somos perfectos y
vivimos de acuerdo con esta verdad.
-No quiero recordar cosas imperfectas -dijo Hitchcock-. No puedo estrecharle la mano a
ese joven Hitchcock, ¿no es cierto? ¿Dónde está? ¿Puedes traérmelo? Ya no existe. Que
se vaya al diablo. No voy a dirigir mis actos futuros pensando en las porquerías que hice
ayer.
-Volverás a equivocarte.
-Deja que me equivoque entonces.
Hitchcock calló y clavó los ojos en la ventanilla. Los otros hombres lo miraban de reojo.
-¿Existen los meteoros? -preguntó Hitchcock.
-Sabes muy bien que sí.
-En nuestras pantallas de radar... sí, como trazos luminosos. No, no creo en nada que
no exista y actúe en mi presencia. A veces... -Hitchcock señaló con la cabeza a los
hombres que estaban terminando de comer-... a veces no creo en nadie ni en nada. Sólo
en mí.-Se incorporó-. ¿Hay un piso superior en esta nave?
-Sí.
-Tengo que verlo.
-No te excites.
-Espérame aquí. Vuelvo en seguida.
Hitchcock se alejó. Los otros hombres siguieron masticando, lentamente. Pasaron los
minutos. Un hombre alzó la cabeza.
-¿Cuándo empezó? Me refiero a Hitchcock.
-Hoy.
-El otro día estuvo también bastante raro.
-Sí, pero hoy fue peor.
-¿Le avisaron al psiquiatra?
-Creíamos que ya estaba bien. Al principio el espacio nos enferma a todos, un poco. A
mí me pasó lo mismo. Te pones a filosofar, aturdido, y luego te asustas. Sudas, te olvidas
de la familia, no crees en la Tierra, te emborrachas, te despiertas mareado y eso es todo.
-Pero Hitchcock no se emborrachó -dijo alguien.
-Ojalá lo hubiera hecho.
-¿Cómo pasó el examen?
-¿Cómo lo pasamos todos? Necesitaban hombres. El espacio asusta a cualquiera. Así
que admiten a muchos fronterizos.