-Hitchcock no es un fronterizo -dijo alguien-. Ha caído en un pozo sin fondo.
Esperaron otros cinco minutos. Hitchcock no volvía.
Al fin Clemens se levantó, salió de la cámara, y empezó a subir por la escalera de
caracol que llevaba al entrepuente. Hitchcock estaba allí, acariciando los mamparos.
-Está aquí -dijo.
-Claro que está.
-Temí que no estuviera.-Hitchcock miró fijamente a Clemens-. Y tú estás vivo.
-Desde hace mucho tiempo.
-No -dijo Hitchcock-. No, sólo ahora, en este instante, mientras puedo verte. Hace un
momento no eras nada.
-Sí para mí.
-Eso no importa. No estabas conmigo -dijo Hitchcock-. Sólo eso importa de veras.
¿Está abajo la tripulación?
-Sí.
-¿Puedes probarlo?
-Oye, Hitchcock, ser mejor que veas al doctor Edwards. Creo que necesitas un poco de
atención.
-No. Estoy bien. Y además, ¿quién es el doctor? ¿Puedes demostrarme que hay un
doctor en el cohete?
-Bueno. Basta con que lo llame.
-No. Quiero decir desde aquí, en este instante. No puedes probarlo, ¿no es cierto?
-No, no sin moverme.
-Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que
yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas exteriores no me interesan. Quiero algo
que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en
algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos de
tu traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que
existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico,
para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes
creer en ellos.
-Ésas son las reglas del juego.
-Quiero cambiarlas. ¿No sería magnífico poder demostrar la existencia de las cosas
sólo con la mente, y saber así, con toda certeza, que están siempre en su sitio? Me
gustaría saber cómo es algún sitio cuando yo no estoy allí. Me gustaría saberlo de veras.
-Eso no es posible.
-¿Sabes? -dijo Hitchcock-, tuve la idea de salir al espacio hace ya cinco años. Cuando
perdí mi empleo. ¿No sabías que quise ser escritor? Oh, sí, uno de esos hombres que
hablan siempre de escribir, pero que casi nunca escriben. Y con un temperamento
excesivo. Perdí mi empleo. Dejé el negocio de los libros y no pude conseguir otro trabajo,
y comencé a rodar. Luego murió mi mujer. Ya ves, nada se queda en su sitio, no se puede
confiar en las cosas. Tuve que dejar a mi hijo al cuidado de una tía. Y las cosas
empeoraron todavía más. Al fin un día me publicaron un cuento, con mi nombre debajo,
pero no era yo.
-No entiendo.
El rostro de Hitchcock había perdido el color. Sudaba.
-Sólo sé que yo miraba la página, y mi nombre bajo el titulo. Por Joseph Hitchcock.
Pero se trataba de otra persona. No podía saber en ese momento y de veras si esa
persona era yo. El cuento me era familiar... Sabía que yo lo había escrito, pero ese
nombre sobre el papel no era yo. Era un símbolo, un nombre. Algo extraño. Y entonces
comprendí que aunque triunfase como escritor, mi triunfo no tendría sentido. Yo no era
ese nombre. Mi nombre sería siempre una mancha de hollín, unas cenizas. Así que dejé
de escribir. Nunca estuve seguro, además, de que mis cuentos, esos cuentos que yo