había tenido en mi escritorio hasta hacía unas horas, fueran realmente míos. Recordaba
haberlos pasado a máquina, pero ahí estaba siempre ese abismo, esa prueba ausente. El
abismo que separa el quehacer de las cosas hechas. Lo que está hecho está hecho. Ya
no es una prueba, ya no es un acto. Sólo los actos importan. Y las hojas de papel eran
vestigios de actos realizados e invisibles. Sólo los actos prueban algo, y ya no existían.
Sólo me quedaba el recuerdo, y yo no podía confiar en la memoria. ¿Puedo probar ahora
que escribí esos cuentos? No. ¿Puede hacerlo acaso algún escritor? No. No, realmente.
No a menos que alguien esté a tu lado mientras escribes, y aun entonces podrías escribir
de memoria. Y cuando terminas de escribir, desaparecen las pruebas, sólo quedan los
recuerdos. Comencé a encontrar abismos por todas partes. Comencé a pensar que quizá
no estaba casado, que quizá no tenía un hijo, o que nunca había tenido un empleo. Quizá
no había nacido en Illinois, y mi padre no había sido un borracho, y mi madre no había
sido una puerca. No podía probar nada. Oh, sí, la gente puede decirte: «Tú eres esto, y
aquello, y lo de más allá», pero eso nada significa.
-No debías pensar esas cosas -dijo Clemens.
-No puedo. Tantos abismos, tantos espacios... Así que empecé a pensar en las
estrellas. Pensé que me gustaría estar a bordo de un cohete, en el espacio, en la nada,
internándome en la nada (con sólo algo muy delgado, una delgada cáscara metálica para
sostenerme), y alejándome de todas las cosas, los abismos que impiden demostrar la
realidad de las cosas. Supe entonces que la única felicidad posible, para mí, era el
espacio. Cuando lleguemos a Aldebarán II firmaré un contrato por otros cinco años -el
viaje de vuelta a la Tierra- y luego me embarcaré otra vez, y así seguiré por el resto de
mis días, yendo y viniendo, como el volante de una máquina.
-¿Hablaste de esto con el psiquiatra?
-¿Para que trate de tapar todos los abismos y llenar las grietas con ruidos y agua
caliente y palabras y caricias y todo eso? No, gracias. -Hitchcock se detuvo-. Estoy
empeorando, ¿no es cierto? Me parece que sí. Esta mañana, al despertarme, pensé:
«¿Estoy empeorando? ¿O estoy mejorándome?» -Calló otra vez y miró de frente a
Clemens-. ¿Estás ahí? ¿Estás realmente ahí? Vamos, pruébalo.
Clemens le golpeó un brazo, con fuerza.
-Sí -dijo Hitchcock, frotándose el brazo, mirándoselo con atención y asombro-. Estabas
ahí. Estuviste ahí durante una breve fracción de segundo, pero quisiera saber si estás...
ahora.
-Te veré luego -dijo Clemens. Y se alejó en busca del doctor.
Sonó una campana. Sonaron dos campanas, tres campanas. El cohete se balanceó
como empujado por una mano. Hubo un sonido de succión, el sonido de una aspiradora.
Clemens oyó unos gritos y sintió que el aire se enrarecía. El aire huía, silbándole en los
oídos. De pronto no hubo nada. Nada en su nariz. Nada en sus pulmones. Se tambaleó, y
el silbido se detuvo.
Oyó que alguien gritaba:
-¡Un meteoro!
-¡Ya está tapado! -dijo otro.
Así era. La soldadora de emergencia había tapado, desde el exterior, el agujero del
casco.
Alguien que hablaba y hablaba, se echó a llorar. Clemens corrió por el corredor. El aire
era ahora fresco y denso. Clemens llegó a una puerta. Vio el agujero recién cerrado en el
casco de metal; vio los fragmentos del meteoro desparramados por el cuarto como los
trozos de un juguete; vio al capitán y los tripulantes, y un hombre que yacía en el suelo.
Era Hitchcock. Tenía los ojos cerrados, y lloraba.
-Trató de matarme -decía, una y otra vez-. Trató de matarme. -Lo pusieron de pie-.
Estas cosas no pasan, ¿no es cierto? Vino hacia mí. ¿Por qué?
-Bueno, bueno, Hitchcock -dijo el capitán de la nave.