El doctor estaba vendando una herida que Hitchcock tenía en el brazo. Hitchcock abrió
los ojos y vio a Clemens que lo miraba fijamente.
-Trató de matarme -dijo.
-Sí, ya sé -dijo Clemens.
Pasaron diecisiete horas. La nave seguía moviéndose por el espacio.
Clemens cruzó la puerta y se detuvo al ver al psiquiatra y al capitán. Hitchcock estaba
sentado en el piso, con las rodillas recogidas y abrazado a sus piernas.
-Hitchcock -dijo el capitán.
Silencio.
-Hitchcock, escúcheme -dijo el psiquiatra.
Se volvieron hacia Clemens.
-¿Es amigo suyo?
-Sí.
-¿Quiere ayudarnos?
-Si es posible...
-Ese condenado meteoro -dijo el capitán-. No hubiese ocurrido si no fuera por eso.
-Hubiese ocurrido, tarde o temprano -dijo el doctor, y añadió dirigiéndose a Clemens-:
Puede hablarle.
Clemens se acercó, lentamente. Se agachó junto a Hitchcock y lo sacudió con
suavidad, tomándolo de un brazo.
-Eh, Hitchcock, óyeme -dijo en voz baja.
Hitchcock no respondió.
-Eh, soy yo, Clemens. Mírame. Estoy aquí.
Clemens golpeó el brazo de Hitchcock. Le frotó el cuello y la nuca suavemente. Luego
miró al psiquiatra. El médico suspiró. El capitán se encogió de hombros.
-¿Tratamiento de shock, doctor?
El psiquiatra asintió con un movimiento de cabeza.
-Comenzaremos en seguida.
Sí, pensó Clemens, tratamiento de shock. Tóquenle una docena de discos de jazz,
pásenle un frasco de clorofila por las narices, pónganle hierba bajo los pies, bañen el aire
con perfume de Chanel, córtenle el pelo, arréglenle las uñas, tráiganle una mujer, grítenle,
golpeen y hagan ruido; fríanlo con una corriente eléctrica, llenen los abismos y las
hendiduras, ¿dónde está la prueba? Es imposible pasarse la vida inventando pruebas. Es
imposible entretener a un bebé con sonajeros y silbatos durante toda la noche, y todas las
noches durante treinta años. Alguna vez tendrán que detenerse. Y entonces volverán a
perderlo. Y eso si alguna vez les presta atención.
-¡Hitchcock! -gritó con todas sus fuerzas, frenéticamente, como si él mismo estuviese
cayendo en un abismo-. ¡Soy yo! ¡Soy tu amigo Clemens! ¡Óyeme!
Clemens se volvió y salió del cuarto silencioso.
Doce horas más tarde se oyó otra campana de alarma.
Cuando los hombres dejaron de correr, el capitán explicó:
-Hitchcock se quedó solo unos minutos. Se metió en una escafandra. Abrió una
compuerta y se lanzó al espacio... solo.
Clemens echó una mirada a través de los vidrios. Vio una mancha de estrellas y una
distante oscuridad.
-¿Está afuera ahora?
-Sí. Detrás de nosotros. A un millón de kilómetros. Jamás lo encontraremos. Supe que
estaba afuera cuando oí su radio en nuestro cuarto de control. Se hablaba a sí mismo.
-¿Qué decía?
-Algo así como: «Ya no existe el cohete. Nunca existió. Ni la gente. No hay nadie en
todo el universo. Nunca hubo nadie. Ni planetas. Ni estrellas.» Eso decía. Y luego algo
acerca de sus pies y sus piernas y sus manos: «No más manos», decía. «Ya no tengo