-Vamos a ver el toro -dijo William.
Al pasar ante la puerta del café, Susan vio al hombre. Los observaba. Un hombre
blanco, con un traje blanco como la sal, corbata azul y camisa azul, y un rostro delgado y
quemado por el sol. Tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos azules, y los seguía con la
mirada.
Susan no se hubiese fijado si no hubiera visto aquellas botellas agrupadas sobre la
mesa, junto al brazo blanquísimo: una panzuda botella de crema de menta, una clara
botella de vermouth, un frasco de coñac, y otras siete botellas de diversos licores. Y al
alcance de la mano se alineaban diez vasitos a medio llenar, de los cuales, y sin quitar los
ojos de la plaza, el hombre bebía, de cuando en cuando, arrugando los ojos y apretando
los labios delgados. En la otra mano humeaba un esbelto cigarro, y sobre una silla se
amontonaban veinte cajas de cigarrillos turcos, diez paquetes de habanos y algunos
frascos de agua de colonia.
-Bill...-murmuró Susan.
-Tranquilízate -dijo William-. No es nadie.
-Lo vi en la plaza esta mañana.
-No mires atrás. Sigue caminando. Haz como si miraras la cabeza del toro. Eso es.
Hazme alguna pregunta.
-¿Crees que será algún investigador?
-¡No han podido seguirnos!
-¡Pueden!
-Qué hermoso toro -le dijo William al dueño.
-No ha podido seguirnos a través de doscientos años, ¿no es cierto?
-Cuidado, por favor -dijo William.
Susan se tambaleó. William la tomó por el codo y la llevó a través de la multitud.
-No te desmayes. -William sonrió, tratando de tranquilizarla-. En seguida te sentirás
bien. Vayamos a ese café. Beberemos delante de ese hombre. Si es quien creemos, no
sospechará de nosotros.
-No, no puedo.
-Tenemos que hacerlo. Vamos. -Y añadió en voz alta, mientras entraban en el café-: Y
yo le dije a David: ¡Eso es ridículo!
Aquí estamos, pensó Susan. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Qué tememos?
Comienza por el principio, se dijo a sí misma, recurriendo a toda su cordura. Sintió bajo
los pies el piso de adobe.
Me llamo Ann Kristen. Mi marido se llama Roger Kristen. Vivíamos en el año 2155, en
un mundo malvado. Un mundo que como un enorme barco negro se alejaba de la costa
de la cordura y la civilización haciendo sonar su negra sirena en medio de la noche, con
dos billones de personas a bordo, dirigiéndose hacia la muerte, más allá de la orilla del
mar y de la tierra, hacia la locura y el fuego radiactivo.
Entraron en el café. El hombre los miraba fijamente.
Sonó un teléfono.
Susan se sobresaltó.
Recordó un teléfono que había sonado en el futuro, doscientos años después, una
clara mañana de abril de 2155.
-¡Ann, te habla Rene! ¿Lo sabes ya? Me refiero a Viajes por el Tiempo, Sociedad
Anónima. Viajes a Roma, al año 21 a. de C.; viajes a la batalla de Waterloo, ¡a cualquier
época, a cualquier lugar!
-Rene, bromeas.
-No. Clinton Smith salió esta mañana para Filadelfia, 1776. Viajes por el Tiempo, S. A.,
lo arregla todo. Es bastante caro. Pero, piensa... ¡Ver realmente el incendio de Roma, y a
Kublaikhan y Moisés, y el mar Rojo! Probablemente ya hay un aviso en tu correo
neumático.