Ann abrió el cilindro y allí estaba el aviso, impreso en una hoja metálica.
¡LOS HERMANOS WRIGHT EN KITTY HAWK!
¡ROMA Y LOS BORGIAS!
¡Viajes por el Tiempo S. A. lo viste a usted y lo mezcla con la multitud el día del
asesinato de César o Lincoln! Garantizamos enseñanza de cualquier idioma, para que
usted pueda visitar fácilmente cualquier civilización, cualquier año, sin molestias. Latín,
griego, norteamericano vulgar. ¡Elija el tiempo de sus vacaciones y ya no sólo el sitio!
La voz de Rene resonaba en el teléfono:
-Tom y yo salimos mañana para 1492. Están arreglándolo todo para que Tom pueda
embarcar en una de las carabelas de Colón. ¿No es asombroso?
-Sí -murmuró Ann, estupefacta-. ¿Y qué dice el gobierno de esta compañía de
máquinas del tiempo?
-Oh, la policía vigila el asunto. Temen que la gente rompa los convenios, se escape y
se esconda en el pasado. Todos tienen que dejar una garantía: su casa y sus bienes. Al
fin y al cabo estamos en guerra.
-Sí, la guerra -murmuró Ann-. La guerra.
Y allí, de pie, al lado del teléfono, Ann pensó: ésta es la oportunidad de la que tanto
hemos hablado yo y mi marido, la que hemos esperado durante años y años. No nos
gusta este mundo de 2155. Roger quiere dejar su trabajo en la fábrica de bombas, yo mi
puesto en el laboratorio de cultivos patógenos. Quizá logremos huir a través de los siglos
hasta un país salvaje donde nunca podrán encontrarnos ni traernos de nuevo aquí para
quemarnos los libros, censurarnos las ideas, aterrorizarnos las mentes, ensordecernos
con radios...
Estaban en México en el año 1938.
Susan contemplaba las manchadas paredes del café.
Los buenos trabajadores del Estado del Futuro podían descansar en el pasado. Y Ann
y Roger habían retrocedido hasta 1938, a la ciudad de Nueva York, y habían disfrutado de
los teatros y de la estatua de la Libertad que aún se alzaba, verde, en el puerto. Y al
tercer día se habían cambiado las ropas, los nombres, y habían huido.
-Tiene que ser -murmuró Susan, observando al hombre-. Esos cigarrillos, los cigarros,
los licores...
¿Recuerdas nuestra primera noche en el pasado?
Hacía un mes, en aquella primera noche, antes de venir a México, habían bebido los
licores raros, habían comprado y saboreado comidas insólitas, perfumes, cigarrillos, todo
lo que escaseaba en un futuro donde sólo la guerra era importante. Habían perdido la
cabeza. Habían entrado en tiendas, bares, cigarrerías, y habían ido, cargados de
paquetes, a encerrarse en el cuarto, a enfermarse de un modo maravilloso.
Y ahora ese desconocido hacía lo mismo. Sólo un hombre del futuro podía hacer eso,
un hombre que hubiese soñado años y años con cigarrillos y licores.
Susan y William se sentaron y pidieron una bebida.
El desconocido les examinaba las ropas, el pelo, las joyas... el modo de caminar y de
sentarse.
-Siéntate con naturalidad -dijo William entre dientes-. Como si hubieses usado estas
ropas toda la vida.
-Nunca debimos escaparnos.
-¡Dios mío! -dijo William-. El hombre viene hacia aquí. Déjame hablar.
El desconocido se inclinó ante ellos. Se oyó el leve entrechocar de los talones. Susan
se estremeció. ¡Ese ruido militar! Inconfundible como el de esos espantosos nudillos que
golpean la puerta en medio de la noche.
-Señor Roger Kristen -dijo el desconocido-, usted no se recoge los pantalones al
sentarse.