William se quedó helado. Se miró las manos que descansaban inocentemente sobre
sus piernas. El corazón de Susan latía apresuradamente.
-Usted me confunde -dijo William con rapidez-. No me llamo Krisler.
-Kristen -corrigió el desconocido.
-Soy William Travis -dijo William- y no veo en verdad por qué se interesa usted en mis
pantalones.
-Lo siento.-El desconocido apartó una silla y se sentó-. Digamos que pensé que lo
conocía porque no se recogió los pantalones. Todo el mundo lo hace. Pues si no, los
pantalones se deforman. Vengo de muy lejos, señor... Travis, y necesito compañía. Mi
nombre es Simms.
-Señor Simms, apreciamos de veras su soledad, pero estamos cansados. Mañana
salimos para Acapulco.
-Un sitio encantador. Justamente mañana buscaré allí a unos amigos. No deben de
andar muy lejos. Terminaré por encontrarlos. ¡Oh!, ¿la señora no se siente bien?
-Buenas noches, señor Simms.
William y Susan se alejaron hacia la puerta. William apretaba con fuerza el brazo de su
mujer. El señor Simms volvió a hablarles. No lo miraron -Ah, me olvidaba -exclamó el
hombre. Calló y luego dijo, lentamente-: 2155.
Susan cerró los ojos, y sintió que le faltaba el piso. Siguió caminando, a ciegas, hacia la
plaza iluminada.
Llegaron al cuarto del hotel y cerraron la puerta con llave. Susan se echó a llorar, y allí
se quedaron, de pie en la oscuridad, mientras el cuarto daba vueltas. A lo lejos estallaban
los petardos, y las risas llenaban la plaza.
-Qué hombre desfachatado -dijo William-. Sentado ahí, examinándonos de arriba a
abajo, como a animales, sin dejar de fumar sus malditos cigarrillos, sin dejar de beber.
¡Debí haberlo matado! -William parecía histérico-. Hasta tuvo el descaro de darnos su
nombre verdadero. El jefe de policía. Y ese asunto de mis pantalones. Dios mío. Debí
habérmelos recogido cuando me senté. Es un gesto automático en esta época. No lo hice,
y eso me diferenció de los demás. Ese es alguien que nunca usó pantalones, pensó
Simms, un hombre acostumbrado a los uniformes, a las modas del futuro. No tengo
perdón. Me he traicionado.
-No, no, fue mi modo de caminar. Estos tacos altos, eso fue. Nuestros cabellos recién
cortados. Todo en nosotros es raro e incómodo.
William encendió la luz.
-Está observándonos. Todavía no está seguro... no totalmente. No podemos
escaparnos ahora. Confirmaríamos sus sospechas. Iremos a Acapulco como si no pasara
nada.
-Quizá ya sabe a qué atenerse, y está jugando con nosotros.
-Es muy capaz. Le sobra tiempo. Puede entretenerse aquí, si quiere, y llevarnos de
vuelta al futuro en un instante. Puede engañarnos durante días enteros, riéndose de
nosotros.
Susan se sentó en la cama secándose las lágrimas que le cubrían el rostro, respirando
el viejo olor del incienso y la pólvora.
-No harán una escena, ¿no es cierto?
-No se atreverán. Esperarán a que estemos solos. Únicamente entonces podrán
meternos en la Máquina del Tiempo.
-Hay una solución entonces -dijo Susan-. No estemos nunca solos. Mezclémonos con
la gente. Podemos hacer un millón de amigos, visitar los mercados, dormir en las
municipalidades de todos los pueblos, pagar a la policía para que nos proteja hasta que
descubramos un modo de matar a Simms. Nos disfrazaremos con ropa nueva, como
mejicanos por ejemplo.
Se oyó el ruido de unos pasos.