Apagaron la luz y se desvistieron en silencio. Los pasos se alejaron. Una puerta se
cerró.
Susan se detuvo junto a la ventana y miró la plaza sombría.
-Así que ese edificio es una iglesia.
-Si.
-Siempre me pregunté cómo sería una iglesia. Nadie ha visto ninguna desde hace tanto
tiempo. ¿Podemos visitarla mañana?
-Es claro. Ven a acostarte.
Descansaron envueltos por las sombras del cuarto.
Una hora y media más tarde sonó el teléfono. Susan levantó el receptor.
-¿Hola?
-Los conejos pueden esconderse en el bosque -dijo una voz- pero el zorro acabará por
descubrirlos.
Susan colgó el receptor y se acostó de espaldas, rígida y helada.
Afuera, en el año 1938, un hombre con una guitarra tocó tres canciones, una después
de otra.
Durante la noche, Susan estiró la mano hasta casi tocar el año 2155. Sintió que los
dedos le resbalaban por la fresca superficie del tiempo, como por una tela ondulada, y oyó
el insistente taconeo de las botas y un millón de bandas que tocaban un millón de
marchas militares, y vio las cincuenta mil hileras de cultivos patógenos en sus tubos de
vidrio aséptico, y la mano que se adelantaba hacia ellos en esa enorme fábrica del futuro.
Los tubos de gérmenes de lepra, peste bubónica, tifus, tuberculosis... y luego la explosión.
Vio que la mano le ardía hasta convertirse en una pasa arrugada, y sintió una sacudida
tan grande que el mundo se alzó y cayó, los edificios se derrumbaron, y la gente sangró y
quedó tendida en el suelo, en silencio. Volcanes, máquinas, vientos, aludes, callaron
también, y Susan se despertó, sollozando, en la cama, en México, muchos años antes...
Por la mañana temprano, después de una única hora de sueño, William y Susan se
despertaron con el estruendo de unos ruidosos automóviles. Susan observó desde el
balcón de hierro a las ocho personas que salían charlando, gritando, de camiones y autos
adornados con rojos letreros. Un grupo de mexicanos rodeaba los camiones.
-¿Qué pasa? -le preguntó Susan a un niño.
El niño gritó algo desde la calle.
Susan se volvió hacia su marido.
-Una compañía norteamericana de películas que viene a filmar aquí.
William se estaba dando una ducha.
-Interesante -dijo-. Iremos a verlos. Creo que será mejor que no nos vayamos hoy.
Trataremos de confundir a Simms. Miraremos la filmación. Dicen que la técnica del cine
primitivo era algo sorprendente. Olvidémonos de nosotros.
De nosotros, pensó Susan. Durante unos segundos, bajo la luz brillante del sol, había
olvidado que en alguna parte, en ese mismo hotel, los esperaba un hombre, un hombre
que fumaba mil cigarrillos. Observó a los ocho felices y ruidosos norteamericanos y deseó
gritarles:
-¡Sálvenme, ocúltenme, ayúdenme! Tíñanme el pelo, píntenme los ojos, vístanme con
ropas raras. Necesito que me ayuden. ¡Soy del año 2155!
Pero las palabras se le atragantaron. Los funcionarios de Viajes por el Tiempo, S. A.,
no eran tontos. Antes de iniciar el viaje le ponían a uno en el cerebro una barrera
psicológica. No era posible decir dónde o cuándo se había nacido, ni hablar del futuro con
los hombres del pasado. El futuro y el pasado debían protegerse el uno del otro. Sólo con
esa barrera se podía viajar, sin vigilancia, a través de las edades. Los que viajaban por el
ayer no alteraban de ese modo el futuro. Aunque Susan sintiese unos terribles deseos de
hablar, no podía decir quién era ella, ni cuál era su vida.
-¿Vamos a desayunar? -dijo William.