El desayuno se servía en el gran comedor. Jamón con huevos para todos. La sala
estaba llena de turistas. Las gentes de la compañía cinematográfica -seis hombres y dos
mujeres- entraron riendo a carcajadas, moviendo las sillas. Susan se sentó cerca de ellos,
gozando de la cordialidad y la protección que brotaba del grupo, sin preocuparse ni
siquiera del señor Simms que bajaba por las escaleras, fumando intensamente su
cigarrillo. Simms la saludó con un movimiento de cabeza, y Susan le devolvió el saludo,
sonriendo, pues frente a ese grupo de gente de cine, ante veinte turistas, el hombre era
casi inofensivo.
-Quizá podamos conquistar a dos de esos actores -dijo William-. Decirles que se trata
de una broma, vestirlos con nuestros trajes, y hacerlos escapar en nuestro coche en un
momento en que Simms no pueda verles las caras. Si pueden engañarlo unas horas,
quizá podamos llegar a la ciudad de México. Tardará en encontrarnos.
-¡Eh!
Un hombre gordo, con el aliento lleno de alcohol, se inclinó hacia ellos.
-¡Turistas norteamericanos! -gritó-. Estoy tan cansado de estos nativos. ¡Los besaría,
de veras! -Les estrechó las manos-. Vamos, coman con nosotros. La desgracia necesita
compañía. Yo soy el señor Desgracia, ésta es la señorita Tristeza, y éstos son el señor y
la señora Odiamos-México. Todos lo odiamos. Hemos venido a filmar las primeras
escenas de una condenada película. El resto del reparto llegará mañana. Me llamo Joe
Melton; Soy el director. ¡Qué país infernal! Funerales en las calles, gentes que se mueren.
Vamos, vengan aquí. Júntense con nosotros. Levántennos el ánimo.
Susan y William se reían.
-¿No soy cómico? -preguntó el señor Melton mirando a sus acompañantes.
Susan se sentó junto a ellos.
-¡Maravilloso!
El señor Simms los miraba con furia.
Susan le hizo una mueca.
El señor Simms se adelantó entre las mesas y sillas.
-Señor Travis, señora -les dijo-, creí que desayunarían conmigo.
-Lo siento -dijo William.
-Siéntese, hombre -dijo el señor Melton-. Los amigos de mis amigos son también mis
amigos.
El señor Simms se sentó. Las gentes de la compañía cinematográfica hablaban a
gritos. El señor Simms dijo en voz baja:
-¿Durmieron bien?
-¿Usted no?
-No estoy acostumbrado a los colchones de resortes -explicó el señor Simms
cansadamente-. Pero no importa. Me pasé la mitad de la noche probando cigarrillos y
comidas. Raros, fascinantes. Todo un arco iris de sensaciones, estos antiguos vicios.
-No sabemos de qué habla -dijo Susan.
-Sigue la comedia. -El señor Simms se rió-. Todo es inútil. Lo mismo esta estratagema
de los grupos. Ya los veré a solas. Tengo una paciencia infinita.
-Oigan -interrumpió el señor Melton, con el rostro enrojecido-, ¿está molestándolos ese
individuo?
-No pasa nada.
-Avísenme y lo sacaremos de aquí a empujones.
Melton se volvió para gritar algo a sus compañeros.
El señor Simms continuó en medio de las risas:
-Vayamos al centro de la cuestión. Los seguí durante un mes por pueblos y ciudades, y
luego ayer, todo el día. Si vienen conmigo sin protestar, haré lo posible para que no los
castiguen. Siempre que usted, señor Kristen, vuelva a su trabajo en la fábrica de bombas
de hidrógeno.