-¡Oigan hablando de ciencia durante el desayuno! -observó el señor Melton, que había
escuchado el final de la frase.
Simms continuó, imperturbable:
-Piénsenlo. No pueden escapar. Si me matan. vendrán otros.
-No sabemos de qué habla.
-¡Basta! -dijo Simms, irritado-. ¡Usen su inteligencia! Saben muy bien que no podemos
permitir que se escapen. Otras gentes de 2155 querrían hacer lo mismo. Necesitamos
gente.
-Para matarla en la guerra -dijo William.
-¡Bill!
-No te preocupes, Susan. Le hablaremos en su mismo lenguaje. No podemos escapar.
-Excelente -dijo Simms-. En verdad, son ustedes unos románticos incorregibles.
Huyendo de sus responsabilidades.
-Huyendo del horror.
-Tonterías. Sólo una guerra.
-¿De qué hablan? -preguntó el señor Melton.
Susan quiso decírselo. Pero sólo podía hablar de generalidades. La barrera psicológica
admitía sólo eso. Generalidades, como las que discutían Simms y William.
-Sólo la guerra -dijo William-. ¡La mitad de la población mundial destruida por bombas
de lepra!
-Los habitantes del futuro -indicó Simms- están resentidos. Ustedes dos descansando
en una especie de isla tropical mientras ellos se precipitan en los abismos infernales. La
muerte quiere muerte. Se muere mejor si se sabe que a otros les pasa lo mismo. Es
bueno oír que no se está solo en la tumba. Soy el guardián de ese resentimiento
colectivo.
-¡Miren al guardián del resentimiento! -dijo el señor Melton a sus acompañantes.
-Cuanto más me hagan esperar, peor para ustedes. Lo necesitamos en la fábrica de
bombas, señor. Vuelvan. No habrá torturas. Más tarde, lo obligaremos a trabajar, y
cuando las bombas estén terminadas, ensayaremos en usted algunos nuevos y
complicados aparatos.
-Le propongo algo -dijo William-. Volveré con usted si mi mujer se queda aquí, lejos de
la guerra.
El señor Simms pensó unos instantes.
-Bueno. Estaré en la plaza dentro de diez minutos. Tenga listo el coche. Iremos a un
lugar donde no haya gente. La Máquina del Tiempo nos estará esperando.
Susan apretó con fuerza el brazo de su marido.
-¡Bill!
-No discutas. -William la miró-. Está decidido. -Y añadió dirigiéndose a Simms-: Una
cosa. Anoche pudo entrar en nuestra alcoba y secuestrarnos. ¿Por qué no lo hizo?
-Digamos que estaba divirtiéndome. ¿Qué les parece? -replicó perezosamente el señor
Simms, chupando otro cigarro-. Me disgusta dejar este clima maravilloso, este sol, estas
vacaciones. Lamento dejar los vinos y el tabaco. Oh, lo lamento de veras... En la plaza
entonces, dentro de diez minutos. Protegeremos a su mujer. Podrá quedarse aquí el
tiempo que quiera. Despídanse.
El señor Simms se levantó y salió del comedor.
-¡Ahí va el señor de los grandes discursos! -le gritó el señor Melton. Se volvió y vio a
Susan-. Eh, alguien está llorando. La mesa del desayuno no es sitio para llorar, ¿no es
cierto?
A las nueve y cuarto Susan miraba la plaza desde el balcón del hotel. El señor Simms
estaba allá abajo sentado en un fino banco de hierro, con las piernas cruzadas. Mordió la
punta de un cigarro y lo encendió cuidadosamente.