Susan oyó el ruido de un motor, y allá, de un garaje situado en lo más alto dc la calle,
salió el coche de William y descendió por la cuesta empedrada.
El auto se acercó velozmente. Cuarenta, cincuenta, sesenta kilómetros por hora. Las
gallinas saltaban en la calle. El señor Simms se sacó su blando sombrero dc paja, se
enjugó la frente rosada, se puso otra vez el sombrero, y vio el coche.
Se acercaba a ochenta kilómetros por hora, directamente hacia la plaza.
-¡William! -gritó Susan.
El coche golpeó estrepitosamente el cordón de la acera, dio un salto y corrió sobre las
losas hacia el banco verde del señor Simms. El hombre soltó su cigarro, dio un grito, y
alzó las manos. El coche lo golpeó. El cuerpo del señor Simms saltó en el aire y rodó por
la acera.
En el otro extremo de la plaza, con una rueda rota, el coche se detuvo. La gente corría.
Susan entró en el cuarto y cerró la ventana.
Al mediodía, pálidos, tomados del brazo, William y Susan salieron del palacio
municipal.
-Adiós, señor -dijo el alcalde-. Señor.
La pareja se detuvo en la plaza donde la multitud señalaba las manchas dc sangre.
-¿Te citarán otra vez? -preguntó Susan.
-No Ya me han preguntado bastante. Fue un accidente. Perdí el dominio del coche.
Hasta lloré ante ellos. Dios sabe que tenía que desahogarme. De cualquier modo. Tenía
ganas de llorar. Odié tener que matarlo. Nunca hice nada semejante.
-No te iniciar un juicio.
-Hablaron de eso, pero no. Hablé más rápidamente que ellos. Me creyeron. Fue un
accidente. Asunto terminado.
-¿Adónde iremos? ¿A la ciudad de México? ¿A Uruapán?
-El auto está en el taller de reparaciones. Estará listo a las cuatro de la tarde. Luego
escaparemos.
-¿No nos seguirán? ¿Simms estaría solo?
-No sé. Hemos ganado un poco de tiempo, me parece.
Las gentes de la compañía cinematográfica estaban saliendo del hotel. El señor Melton
se acercó corriendo hacia ellos.
-He oído lo que pasó. Mala suerte. ¿Está todo arreglado? ¿No quieren distraerse un
poco? Vamos a filmar algunas escenas en la calle. ¿Quieren mirar? Les hará bien.
William y Susan siguieron al señor Melton.
La cámara filmadora fue instalada sobre el empedrado de la calle. Susan miró el
camino que descendía, alejándose, y la carretera que llevaba a Acapulco y el mar,
bordeado por pirámides y ruinas, y pueblecitos de casas de adobe con muros amarillos,
azules y rojos, y llameantes buganvillas, y pensó: Andaremos por los caminos, nos
mezclaremos con grupos y multitudes, en los mercados, en los vestíbulos; pagaremos a la
policía para que nos vigilen, instalaremos cerraduras dobles; pero siempre rodeados de
gente, nunca solos, siempre con el temor de que la primera persona que pase a nuestro
lado sea otro Simms. No. Nunca sabremos si los hemos engañado. Y siempre, allá
adelante, en el futuro, estarán esperándonos, para quemarnos con sus bombas,
enfermarnos con sus gérmenes, ordenar que nos levantemos, que nos demos vuelta, que
saltemos a través del aro. Seguiremos huyendo por el bosque, y nunca nos detendremos,
y nunca volveremos a dormir.
Se había reunido una muchedumbre para observar la filmación. Susan observaba a la
gente y las calles.
-¿Ningún sospechoso?
-No. ¿Qué hora es?
-Las tres. El coche ya estará casi listo.