Las pruebas terminaron a las cuatro menos cuarto. El grupo volvió al hotel,
conversando animadamente. William se detuvo en el garaje.
-El coche estará arreglado a las seis -dijo saliendo del taller, pensativo.
-¿Pero no más tarde?
-No. No te preocupes.
Ya en el vestíbulo del hotel, William y Susan miraron a su alrededor buscando a alguien
que estuviera solo, alguien que se pareciese al señor Simms, alguien con el pelo recién
cortado, y envuelto en nubes de tabaco y perfume. Pero el vestíbulo estaba desierto. El
señor Melton comenzó a subir por la escalera y dijo:
-Bueno, ha sido un día terrible. ¿Quieren refrescarse un poco? ¿Martini? ¿Cerveza?
-Quizá. Un vaso.
El grupo invadió el cuarto del señor Melton. Se repartieron unas copas.
-Fíjate en la hora -dijo William.
La hora, pensó Susan. Si tuvieran algunas horas por delante. Sólo quería sentarse en
la plaza, durante todo un día de octubre, sin preocupaciones, sin pensamientos, con el sol
en los brazos y la cara, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, sonriéndole al calor. Sólo
quería dormir al sol de México, dormir profundamente, fácilmente, felizmente, muchos,
muchos días...
El señor Melton abrió una botella de champaña.
-A una dama muy hermosa, a una dama que podría figurar en un film -dijo, alzando su
copa hacia Susan-. Tendría que sacarle una prueba.
Susan se rió.
-De veras -dijo Melton-. Es usted encantadora. Podría convertirla en una estrella de
cine.
-¿Y llevarme a Hollywood? -exclamó Susan.
-Lejos de este infierno de México, eso es.
Susan miró a William y ‚éste alzó una ceja y asintió en silencio. Sería un cambio de
escena, de ropas, de nombre, quizá. Y viajarían con otras ocho personas. Una buena
protección contra cualquier interferencia del futuro.
-Parece maravilloso -dijo Susan.
Sentía ya los efectos del champaña. La tarde se deslizaba suavemente. La reunión se
animaba a su alrededor. Por primera vez, después de muchos años, se sintió a salvo, y
bien, realmente feliz.
-¿Y qué clase de películas haría mi mujer? -preguntó William llenando otra vez su
copa.
-Bueno, a mí me gustaría una historia de suspense -dijo Melton-. La historia de una
pareja como ustedes.
-Siga.
-Una historia de guerra, quizá -dijo el director observando a contraluz el color de su
bebida.
Susan y William esperaban.
-La historia de una pareja que vive en una casita, en una callejuela, en el año 2155,
quizá -dijo Melton-. Sólo como un ejemplo, es claro. Pero esta pareja es alcanzada por
una guerra terrible: superbombas de hidrógeno, censura, muerte y entonces... -y aquí está
el nudo de la historia-... escapan al pasado, seguidos por un hombre que ellos suponen
lleno de maldad, pero que sólo trata de señalarles el camino del deber.
La copa de William cayó al piso.
-Y esta pareja -continuó el señor Melton- se mezcla confiadamente con un grupo de
gente de cine.
Así creen estar más seguros.
Susan se dejó caer en una silla. Todos observaban al director. El señor Melton bebió
un sorbo de vino.