-Ah, qué vino magnífico. Bueno, este hombre y esta mujer no comprenden, parece, qué
importantes son en ese futuro. Él, principalmente, es el hombre clave en la construcción
de una nueva bomba. Así que los policías no reparan en gastos o molestias para
encontrarlos, capturarlos y devolverlos al futuro. Al fin consiguen llevarlos a la habitación
de un hotel, donde nadie puede verlos. Estrategia. Los policías actúan solos, o en grupos
dc ocho. De ese modo no podrán fracasar. ¿No cree usted que sería una magnífica
película, Susan? ¿No lo cree usted, Bill?
El director vació la copa.
Susan, inmóvil, miraba el vacío.
-¿Un poco de champaña? -dijo el señor Melton.
William sacó su revólver e hizo fuego, tres veces. Uno de los hombres cayó al piso. Los
otros corrieron. Susan gritó. Una mano le cerró la boca. El revólver estaba ahora en el
suelo, y William forcejeaba tratando de librarse de los brazos de los hombres.
-Por favor -dijo el señor Melton sin moverse. La sangre le corría por los dedos-. No
empeoremos las cosas.
Alguien golpeó la puerta.
-¡Déjenme entrar!
-El gerente -dijo el señor Melton con sequedad. Señaló con la cabeza-. Vamos, rápido.
-¡Déjenme entrar! ¡Llamaré a la policía!
Susan y William volvieron los ojos hacia la puerta mirándose rápidamente.
-El gerente quiere entrar- dijo el señor Melton-. ¡Rápido!
Trajeron una cámara. Del aparato surgió un rayo de luz azul que recorrió la habitación.
El rayo se hizo más amplio, y los hombres, las mujeres se desvanecieron, uno a uno.
-¡Rápido!
Por la ventana, poco antes de desaparecer, Susan vio las tierras verdes y los muros
rojos, amarillos y azules morados, y los guijarros de la calle que descendían como las
aguas de un río, un hombre montado en un burro que se internaba entre las cálidas
colinas, y un niño que bebía naranjada (Susan sintió el líquido dulce en la garganta), y un
hombre sentado en la plaza, a la sombra de un árbol con una guitarra en las rodillas
(Susan sintió la mano sobre las cuerdas), y más allá, más lejos, el mar, el mar sereno y
azul (Susan sintió que las olas la envolvían y la arrastraban mar adentro).
Y Susan desapareció. Y luego William.
La puerta se abrió de par en par. El gerente entró acompañado por sus ayudantes.
El cuarto estaba vacío.
-¡Pero estaban aquí hace un momento! ¡Los vi entrar, y ahora... nada! -gritó el gerente-.
¡Las ventanas tienen rejas de hierro! ¡No han podido salir por ahí!
Al anochecer llamaron al cura. Y abrieron la puerta y el cura echó agua bendita en los
cuatro rincones, y bendijo la habitación.
-¿Qué haremos con esto? -dijo la camarera.
La mujer señaló el armario donde se amontonaban sesenta y siete botellas de
chartreuse, coñac, crema de cacao, ajenjo, vermouth y tequila, y ciento seis paquetes de
cigarrillos turcos, y ciento noventa y ocho cajas de cigarros habanos...
EL VISITANTE
Saul Williams despertó en una mañana tranquila. Miró por la abertura de la tienda y
pensó que la Tierra estaba muy lejos. A millones de kilómetros. Pero ¿qué podía hacer?
Tenía los pulmones llenos de «herrumbre de sangre». Tosía continuamente.