4
Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo
íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de
policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.
-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.
Ésa no era la respuesta apropiada.
El policía repitió la pregunta.
Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.
El oficial frunció el ceño. Me expliqué.
-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o
robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o
robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche,
sólo nuestros pies.
-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?
Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.
-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!
Y el coche patrulla se alejó.
Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a
casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba
prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue
rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida
revista política de Max Ascoli.
Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis
respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido
sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses
más tarde.
Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o
ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que
me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de
Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera
a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas
pesquisas.