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En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de
nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio
junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de
escribir.
Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía,
vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde
las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en
efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler
donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad
de tener una oficina decente.
Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña
al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan
absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el
autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.
No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la
máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco,
correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes
y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor
polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego
correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una
cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba,
como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no
escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de
energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema
nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos
hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.
Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los
doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me
atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de
salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa
de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las
tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The
Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la
revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en
aquellos tiempos.
¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de
influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a
salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y
papiros?
Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de
los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de