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sus músculos faciales. Esa sonrisa nunca desaparecía, nunca había desaparecido
hasta donde él podía recordar.
Colgó su casco negro y lo limpió, dejó con cuidado su chaqueta a prueba de
llamas; se duchó generosamente y, luego, silbando, con las manos en los
bolsillos, atravesó la planta superior del cuartel de bomberos y se deslizó por el
agujero. En el último momento, cuando el desastre parecía seguro, sacó las
manos de los bolsillos y cortó su caída aferrándose a la barra dorada. Se deslizó
hasta detenerse, con los tacones a un par de centímetros del piso de cemento de
la planta baja.
Salió del cuartel de bomberos y echó a andar por la calle en dirección al «Metro»
donde el silencioso tren, propulsado por aire, se deslizaba por su conducto
lubrificado bajo tierra y lo soltaba con un gran ¡puf! de aire caliente en la escalera
mecánica que lo subía hasta el suburbio.
Silbando, Montag dejó que la escalera le llevara hasta el exterior, en el tranquilo
aire de la medianoche, Anduvo hacia la esquina, sin pensar en nada en particular
lar. Antes de alcanzarla, sin embargo, aminoró el paso como si de la nada hubiese
surgido un viento, como sí alguien hubiese pronunciado su nombre.
En las últimas noches, había tenido sensaciones in ciertas respecto a la acera que
quedaba al otro lado aquella esquina, moviéndose a la luz de las estrellas hacia su
casa. Le había parecido que, un momento antes de doblarla, allí había habido
alguien. El aire parecía lleno de un sosiego especial, como si alguien hubiese
aguardado allí, silenciosamente, y sólo un momento antes de llegar a él se había
limitado a confundirse en una sombra para dejarle pasar. Quizá su olfato
detectase débil perfume, tal vez la piel del dorso de sus manos y de su rostro
sintiese la elevación de temperatura en aquel punto concreto donde la presencia
de una persona podía haber elevado por un instante, en diez grados, la
temperatura de la atmósfera inmediata. No había modo de entenderlo. Cada vez
que doblaba la esquina, sólo veía la cera blanca, pulida, con tal vez, una noche,
alguien desapareciendo rápidamente al otro lado de un jardín antes de que él
pudiera enfocarlo con la mirada o hablar.
Pero esa noche, Montag aminoró el paso casi hasta detenerse. Su subconsciente,
adelantándosele a doblar la esquina, había oído un debilísimo susurro. ¿De
respiración? ¿0 era la atmósfera, comprimida únicamente por alguien que
estuviese allí muy quieto, esperando?
Montag dobló la esquina.
Las hojas otoñales se arrastraban sobre el pavimento iluminado por el claro de
luna. Y hacían que la muchacha que se movía allí pareciese estar andando sin
desplazarse, dejando que el impulso del viento y de las hojas la empujara hacia
delante. Su cabeza estaba medio inclinada para observar cómo sus zapatos