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removían las hojas arremolinadas. Su rostro era delgado y blanco como la leche, y
reflejando una especie de suave ansiedad que resbalaba por encima de todo con
insaciable curiosidad. Era una mirada, casi, de pálida sorpresa; los ojos oscuros
estaban tan fijos en el mundo que ningún movimiento se les escapaba. El vestido
de la joven era blanco, y susurraba. A Montag casi le pareció oír el movimiento de
las manos de ella al andar y, luego, el sonido infinitamente pequeño, el blanco
rumor de su rostro volviéndose cuando descubrió que estaba a pocos pasos de un
hombre inmóvil en mitad de la acera, esperando.
Los árboles, sobre sus cabezas, susurraban al soltar su lluvia seca. La muchacha
se detuvo y dio la impresión de que iba a retroceder, sorprendida; pero, en lugar
de ello, se quedó mirando a Montag con ojos tan oscuros, brillantes y vivos, que él
sintió que había dicho algo verdaderamente maravilloso. Pero sabía que su boca
sólo se había movido para decir adiós, y cuando ella pareció quedar hipnotizada
por la salamandra bordada en la manga de él y el disco de fénix en su pecho,
volvió a hablar.
-Claro está -dÍjo-, usted es la nueva vecina, ¿verdad?
-Y usted debe de ser -ella apartó la mirada de los símbolos profesionales- el
bombero.
La voz de la muchacha fue apagándose.
-¡De qué modo tan extraño lo dice!
-Lo... Lo hubiese adivinado con los ojos cerrados -prosiguió ella, lentamente-.
-¿Por qué? ¿Por el olor a petróleo? Mi esposa siempre se queja -replicó él, riendo-
. Nunca se consigue eliminarlo por completo.
-No, en efecto -repitió ella, atemorizada-.
Montag sintió que ella andaba en círculo a su alrededor, le examinaba de extremo
a extremo, sacudiéndolo silenciosamente y vaciándole los bolsillos, aunque, en
realidad, no se moviera en absoluto.
-El petróleo -dijo Montag, porque el silencio se prolongaba- es como un perfume
para mí.
-¿De veras le parece eso?
-Desde luego. ¿Por qué no?
Ella tardó en pensar.