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-¡Estás cambiando de tema!
-A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores,
porque nunca las ven con detenimiento -dijo ella-. Si le mostrase a uno de esos
chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba! ¿Una mancha
borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las
manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera.
Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No
es curioso, y triste también?
-Piensas demasiado -dijo Montag, incómodo.
-Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de
atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis
absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera
de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis
metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que
alargar la publicidad, para que durase un poco más.
-¡Lo ignoraba!
-Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba
está cubierta de rocío.
De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.
-Y si se fija -prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo- hay un hombre
en la luna.
Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite.
Recorrieron en silencio el resto del camino. El de ella, pensativo, el de él, irritado e
incómodo, acusando el impacto de las miradas inquisitivas de la muchacha.
Cuando llegaron a la casa de ella, todas sus luces estaban encendidas.
-¿Qué sucede?
Montag nunca había visto tantas luces en una casa.
-¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío que están sentados, charlando! Es como ir a pie,
aunque más extraño aún. A mi tío, le detuvieron una vez por ir a pie. ¿Se lo había
contado ya? ¡Oh! Somos una familia muy extraña.
-Pero, ¿de qué charláis?
Al oír esta pregunta, la muchacha se echó a reír.