16
-¡Buenas noches!
Empezó a andar por el pasillo que conducía hacia su casa. Después, pareció
recordar algo y regresó para mirar a Montag con expresión intrigrada y curiosa.
-¿Es usted feliz? -preguntó-.
-¿Que si soy qué? -replicó él-.
Pero ella se había marchado, corriendo bajo el claro de luna. La puerta de la casa
se cerró con suavidad.
-¡Feliz! ¡Menuda tontería!
Montag dejó de reír.
Metió la mano en el agujero en forma de guante de su puerta principal y le dejó
percibir su tacto. La puerta, se deslizó hasta quedar abierta.
«Claro que soy feliz. ¿Qué cree esa muchacha? ¿Qué no lo soy?», preguntó a las
silenciosas habitaciones.
inmovilizó con la mirada levantada hacia la reja del ventilador del vestíbulo, y, de
pronto, recordó que algo estaba oculto tras aquella reja, algo que parecía estar
espiándole en aquel momento. Montag se apresuró, a desviar su mirada.
¡Qué extraño encuentro en una extraña noche! recordaba nada igual, excepto una
tarde, un año atrás, en que se encontró con un viejo en el parque y ambos
hablaron...
Montag meneó la cabeza. Miró una pared desnuda. ,rostro de la muchacha estaba
allí, verdaderamente hermoso por lo que podía recordar; o mejor dicho,
sorprelidente. Tenía un rostro muy delgado, como la esfera de un pequeño reloj
entrevisto en una habitación oscura a medianoche, cuando uno se despierta para
ver la hora y descubre el reloj que le dice la hora, el minuto y el segundo, con un
silencio blanco y un resplandor, lleno de seguridad y sabiendo lo que debe decir
de la noche que discurre velozmente hacia ulteriores tinieblas, pero que también
se mueve hacia un nuevo sol.
-¿Qué? -preguntó Montag a su otra mitad, aquel imbécil subconsciente que a
veces andaba balbuceando, completamente desligado de su voluntad, su
costumbre y su conciencia-.
Volvió a mirar la pared. El rostro de ella también se parecía mucho a un espejo.
Imposible, ¿cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo
general, la gente era -Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo- como