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antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las
otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus
pensamientos más íntimos! ¡Aquella muchacha tenía un increíble poder de
identificación; era como el ávido espectador de una función de marionetas,
previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento
de un dedo, un momento antes de que sucediese. ¿Cuánto rato habían caminado
juntos? ¿Tres minutos? ¿Cinco? Sin embargo, ahora le parecía un rato
interminable. ¡Qué inmensa figura tenía ella en el escenario que se extendía ante
sus ojos! ¡Qué sombra producía en la pared con su esbelto cuerpo! Montag se dio
cuenta de que, si le picasen los ojos, ella Pestañearía. Y de que si los músculos
de sus mandíbulas se tensaran imperceptiblemente, ella bostezaría mucho antes
de que lo hiciera él.
«Pero -pensó Montag-, ahora que caigo en ello, la chica parecía estar
esperándome allí, en la calle, tan avanzada hora de la noche ... »
Montag abrió la puerta del dormitorio.
Era como entrar en la fría sala de un mausoleo des, pués de haberse puesto la
luna. Oscuridad completa, ni un atisbo del plateado mundo exterior; las ventanas
herméticamente cerradas convertían la habitación en un mundo de ultratumba en
el que no podía penetrar ningún ruido de la gran ciudad. La habitación no estaba
vacía.
Montag escuchó.
El delicado zumbido en el aire, semejante al de un mosquito, el murmullo eléctrico
de una avispa oculta en su cálido nido. La música era casi lo bastante fuerte para
que él pudiese seguir la tonada.
Montag sintió que su sonrisa desaparecía, se fundía, era absorbida por su cuerpo
como una corteza de sebo, como el material de una vela fantástica que hubiese
ardido demasiado tiempo para acabar derrumbándose y apagándose. Oscuridad.
No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía
que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una
máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir
hasta su puerta y pedir que se la devolviera.
Sin encender la luz, Montag imaginó qué aspecto tendría la habitación. Su esposa
tendida en la cama, descubierta y fría, como un cuerpo expuesto en el borde de la
tumba, su mirada fija en el techo mediante invisibles hilos de acero, inamovibles. Y
en sus orejas las diminutas conchas, las radios como dedales fuertemente
apretadas, y un océano electrónico de sonido, de música y palabras, afluyendo sin
cesar a las playas de su cerebro despierto. Desde luego la habitación estaba vacía
noche, las olas llegaban y se la llevaban con 51 gran marea de sonido, flotando,
ojiabierta hacia la mañana en que Mildred no hubiese navegado por aquel mar, no
se hubiese adentrado espontáneamente por ter-