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cera vez
La habitación era fresca; sin embargo, Montag sin- que no podía respirar. No
quería correr las cortinas y abrir los ventanales, porque no deseaba que la luna
penetrara en el cuarto.
por lo tanto, con la sensación de un hombre que ha de morir en menos de una
hora, por falta de aire que respirar, se dirigió a tientas hacia su cama abierta,
separada y, en consecuencia fría.
Un momento antes de que su pie tropezara con el objeto que había en el suelo,
advirtió lo que iba a ocurrir. Se asemejaba a la sensación que había
experimentado antes de doblar la esquina y atropellar casi a la muchacha. Su pie,
al enviar vibraciones hacia delante, había recibido los ecos de la pequeña barrera
que se cruzaba en su camino antes de que llegara a alcanzarlo. El objeto produjo
un tintineo sordo y se deslizó en la oscuridad.
Montag permaneció muy erguido, atento a cualquier sonido de la persona que
ocupaba la oscura cama en la oscuridad totalmente impenetrable. La respiración
que surgía por la nariz era tan débil que sólo afectaba a las formas más
superficiales de vida, una diminuta hoja, una pluma negra, una fibra de cabello.
Montag seguía sin desear una luz exterior. Sacó su encendedor, oyó que la
salamandra rascaba en el disco de plata, produjo un chasquido...
Dos pequeñas lunas le miraron a la luz de la llamita; dos lunas pálidas, hundidas
en un arroyo de agua clara, sobre las que pasaba la vida del mundo, sin
alcanzarlas.
-¡Mildred!
El rostro de ella era como una isla cubierta de nieve sobre la que podía caer la
lluvia sin causar ningún efecto; sobre la que podían pasar las movibles sombras
de las nubes, sin causarle ningún efecto. Sólo había el canto de las diminutas
radios en sus orejas herméticamente taponadas, y su mirada vidriosa, y su
respiración suave, débil, y su indiferencia hacia los movimientos de Montag.
El objeto que él había enviado a rodar con el resplandeció bajo el borde de su
propia cama. La botellita de cristal previamente llena con treinta píldoras para
dormir y que, ahora, aparecía destapada y vacía a la luz de su encendedor.
Mientras permanecía inmóvil, el cielo que se extendía sobre la casa empezó a
aullar. Se produjo un sonido desgarrador, como si dos manos gigantes hubiesen
desgarrado por la costura veinte mil kilómetros de tela negra. Montag se sintió
partido en dos. Le pareció que su pecho se hundía y se desgarraba. -Las bombas
cohetes siguieron pasando, pasando, una, dos, una dos, seis de ellas, nueve de