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ellas, doce de ellas, una y una y otra y otra lanzaron sus aullidos por él. Montag
abrió la boca y dejó que el chillido penetrara y volviera a salir entre sus dientes
descubiertos. La casa se estremeció El encendedor se apagó en sus manos. Las
dos pequeñas lunas desaparecieron. Montag sintió que su mano se precipitaba
hacia el teléfono.
Los cohetes habían desaparecido. Montag sintió que sus labios se movían,
rozaban el micrófono del aparato telefónico.
-Hospital de urgencia.
Un susurro terrible.
Montag sintió que las estrellas habían sido pulverizadas por el sonido de los
negros reactores, y que, la mañana, la tierra estaría cubierta con su polvo, como si
se tratara de una extraña nieve. Aquél fue el absurdo pensamiento que se le
ocurrió mientras se estremecía. la oscuridad, mientras sus labios seguían
moviéndose.
Tenían aquella máquina. En realidad, tenían dos. Una de ellas se deslizaba hasta
el estómago como una cobra negra que bajara por un pozo en busca de agua
antigua y del tiempo antiguo reunidos allí. Bebía la sustancia verduzca que subía a
la superficie en un lento hervir. ¿Bebía de la oscuridad? ¿Absorbía todos los
venenos acumulados por los años? Se alimentaba en silencio, con un ocasional
sonido de asfixia interna y ciega búsqueda. Aquello tenía un Ojo. El impasible
operario de la máquina podía, poniéndose un casco óptico especial, atisbar en el
alma de la persona a quien estaba analizando. ¿Qué veía el Ojo? No lo decía.
Montag veía, aunque sin ver, lo que el Ojo estaba viendo. Toda la operación
guardaba cierta semejanza con la excavación de una zanja en el patio de su
propia casa. La mujer que yacía en la cama no era más que un duro estrato de
mármol al que habían llegado. De todos modos, adelante, hundamos más el
taladro, extraigamos el vacío, si es que podía sacarse el vacío mediante la succión
de la serpiente.
El operario fumaba un cigarrillo. La otra máquina funcionaba también.
La manejaba un individuo igualmente impasible, vestido con un mono de color
pardo rojizo. Esta máquina extraía toda la sangre del cuerpo y la sustituía por
sangre nueva y suero.
-Hemos de limpiamos de ambas maneras -dijo el operario, inclinándose sobre la
silenciosa mujer-. Es inútil lavar el estómago si no se lava la sangre. Si se deja esa
sustancia en la sangre, ésta golpea el cerebro con la fuerza de un mazo, mil, dos
mil veces, hasta que el cerebro ya no puede más y se apaga.
-¡Deténganse! -exclamó Montag-.