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-Es lo que iba a decir -dijo el operario-.
-¿Han terminado?
Los hombres empaquetaron las máquinas.
-Estamos listos..
La cólera de Montag ni siquiera les afectó. Permanecieron con el cigarrillo en los
labios, sin que el humo que penetraba en su nariz y sus ojos les hiciera parpadear.
-Serán cincuenta dólares.
-Ante todo, ¿por qué no me dicen si sanará?
-¡Claro que se curará! Nos llevamos todo el ve; no en esa maleta y, ahora, ya no
puede afectarle. como he dicho, se saca lo viejo, se pone lo nuevo y que dan
mejor que nunca.
-Ninguno de ustedes es médico. ¿Por qué no han enviado uno?
-¡Diablo! -El cigarrillo del operario se movió, sus labios-. Tenemos nueve o diez
casos como ése cada noche. Tantos que hace unos cuantos años tuvimos que
construir estas máquinas especiales. Con lente óptica, claro está, resultan una
novedad, el re es viejo. En un caso así no hace falta doctor; lo único que se
requiere son dos operarios hábiles y liquidar e1 problema en media hora. Bueno -
se dirigió hacia! puerta-, hemos de irnos. Acabamos de recibir otra llamada en
nuestra radio auricular. A diez manzanas aquí. Alguien se ha zampado una caja
de píldoras, si vuelve a necesitamos, llámenos. Procure que su es permanezca
quieta. Le hemos inyectado un antisedante, Se levantará bastante hambrienta.
Hasta la vista.
Y los hombres cogieron la máquina y el tubo, caja de melancolía líquida y
traspasaron la puerta.
Montag se dejó caer en una silla y contempló mujer. Ahora tenía los ojos cerrados,
apaciblemente él alargó una mano para sentir en la palma la tibieza la respiración.
-Mildred -dijo por fin-.
«Somos demasiados -pensó---. Somos miles de millones, es excesivo. Nadie
conoce a nadie. Llegan u desconocidos y te violan, llegan unos desconocidos
desgarran el corazón. Llegan unos desconocidos y llevan la sangre. ¡Válgame
Dios! ¿Quiénes son hombres? ¡Jamás les había visto!»
Transcurrió media hora.