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Clarisse, Mildred, tío, fuego, tabletas, tejidos, bufido, ataques, rechace. ¡Una, dos,
tres, una, dos, tres! Lluvia. La tormenta. El tío riendo. El trueno descendiendo
desde lo alto. Todo el mundo cayendo convertido en lluvia. El fuego ascendiendo
en el volcán. Todo mezclado en un estrépito ensordecedor y en un torrente, que
se encaminaba hacia el amanecer.
-Ya no entiendo nada de nadie -dijo Montag-
Y dejó que una pastilla soporífera se disolviera en su lengua.
A las nueve de la mañana, la cama de Mildred estaba vacía.
Montag se levantó apresuradamente. Su corazón latía rápidamente, corrió
vestíbulo abajo y se detuvo la puerta de la cocina.
una tostada asomó por el tostador plateado, y fue -da por una mano metálica que
la embadurnó de mantequilla derretida.
Mildred contempló cómo la tostada pasaba a su plato. Tenía las orejas cubiertas
con abejas electrónicas que, con su susurro, ayudaban a pasar el tiempo. De
pronto, la mujer levantó la mirada, vio a Montag, le saludó con la cabeza.
-¿Estás bien? -preguntó Montag-.
Mildred era experta en leer el movimiento de los labios, a consecuencia de diez
años de aprendizaje con las pequeñas radios auriculares. Volvió a asentir.
Introdujo otro pedazo de pan en la tostadora.
Montag se sentó.
Su esposa dijo:
-No entiendo por qué estoy tan hambrienta.
-Es que...
-Estoy hambrienta.
-Anoche... -empezó a decir él-.
-No he dormido bien. Me siento fatal. ¡Caramba! ¡Qué hambre tengo! No lo
entiendo.
-Anoche -volvió a decir él-.
Ella observó distraídamente sus labios.