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Era evidente que Mildred estaba esperando a que Montag se marchase.
-No lo he hecho -insistió la mujer-. No lo haría ni en un millón de años.
-Muy bien. Puesto que tú lo dices...
-Eso es lo que dice la señora.
Ella se concentró de nuevo en el guión.
-¿Qué dan esta tarde? -preguntó Montag con tono aburrido-.
Mildred volvió a mirarle.
-Bueno, se trata de una obra que transmitirán en circuito moral dentro de diez
minutos. Esta mañana me han enviado mi papel por correo. Yo les había enviado
varias tapas de cajas. Ellos escriben el guión con un papel en blanco. Se trata de
una nueva idea. La concursante, o sea yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el
momento de decir las líneas que faltan, todos me miran desde las tres paredes, y
yo les digo. Aquí, por ejemplo, el hombre dice: «¿Qué te parece esta idea,
Helen?» Y me mira mientras yo estoy sentada aquí en el centro del escenario,
¿comprendes? Y yo replico, replico... –Hizo una pausa y, con el dedo, buscó una
línea del guión-.«¡Creo que es estupenda!» Y así continúan con la obra hasta que
él dice: «¿Está de acuerdo con esto, Helen?»,
y yo «¡Claro que sí!» ¿Verdad que es divertido, Guy?
El permaneció en el vestíbulo, mirándola.
-Desde luego, lo es -prosiguió ella-.
-¿De qué trata la obra?
-Acabo de decírtelo. Están esas personas llamadas Bob, Ruth y Helen.
-¡Oh!
-Es muy distraída. Y aún lo será más cuando podamos instalar televisión en la
cuarta pared. ¿Cuánto crees que tardaremos ahora para poder sustituir esa pared
por otra con televisión? Sólo cuesta dos mil dólares.
-Eso es un tercio de mi sueldo anual.
-Sólo cuesta dos mil dólares -repitió ella-. Y creo que alguna vez deberías tenerme
cierta consideración. Si tuviésemos la cuarta pared... ¡Oh! Sería como si esta sala
ya no fuera nuestra en absoluto, sino que perteneciera a toda clase de gente
exótica. Podríamos pasarnos de algunas cosas.