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-Ya nos estamos pasando de algunas para pagar la tercera pared. Sólo hace dos
meses que la instalamos. ¿Recuerdas?
-¿Tan poco tiempo hace? -se lo quedó mirando durante un buen rato-. Bueno,
adiós.
-Adiós -dijo él. Se detuvo y se volvió hacia su mujer-. ¿Tiene un final feliz?
-Aún no he terminado de leerla.
Montag se acercó, leyó la última página, asintió, dobló el guión y se lo devolvió a
Mildred. Salió de casa y se adentró en la lluvia.
El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con
la cabeza echada hacia atrás para que las gotas le cayeran en el rostro. Cuando
vio a Montag, sonrió.
-¡Hola!
Él contestó al saludo y después, dijo:
-¿Qué haces ahora?
-Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.
-No creo que a mí me gustase.
-Quizá sí, si lo probara.
-Nunca lo he hecho.
Ella se lamió los labios.
-La lluvia incluso tiene buen sabor.
-¿A qué te dedicas? ¿A andar por ahí probán todo una vez? -inquirió Montag-.
-A veces, dos.
La muchacha contempló algo que tenía en una mano
-¿Qué llevas ahí?