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unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira Anoche, cuando dije algo
sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían,
dejándome con la palabra en la boca. 0 me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo
para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo. Por eso pienso que
tan extraño que sea usted bombero. Porque la verdad que no parece un trabajo
indicado para usted.
Montag sintió que su cuerpo se dividía en calor y frialdad, en suavidad y dureza,
en temblor y firmeza ambas mitades se fundían la una contra la otra.
-Será mejor que acudas a tu cita -dijo, por fin-.
Y ella se alejó corriendo y le dejó plantado allí, bajo lluvia. Montag tardó un buen
rato en moverse.
Y luego, muy lentamente, sin dejar de andar, levantó el rostro hacia la lluvia, sólo
por un momento, y abrió la boca...
El Sabueso Mecánico dormía sin dormir, vivía sin y ivir en el suave zumbido, en la
suave vibración de la perrera débilmente iluminada, en un rincón oscuro de la
parte trasera del cuartel de bomberos. La débil luz de la una de la madrugada, el
claro de luna enmarcado en el gran ventanal tocaba algunos puntos del latón, el
cobre y el acero de la bestia levemente temblorosa. La luz se reflejaba en
porciones de vidrio color rubí y en sensibles pelos capilares, del hocico de la
criatura, que temblaba suave, suavemente, con sus ocho patas de pezuñas de
goma recogidas bajo el cuerpo.
Montag se deslizó por la barra de latón abajo. Se asomó a observar la ciudad, y
las nubes habían desaparecido por completo; encendió un cigarrillo, retrocedió
para inclinarse y mirar al Sabueso. Era como una gigantesca abeja que regresaba
a la colmena desde algún campo donde la miel está llena de salvaje veneno, de
insania o de pesadilla, con el cuerpo atiborrado de aquel néctar excesivamente
rico, y, ahora, estaba durmiendo para eliminar de sí los humores malignos.
-Hola -susurró Montag, fascinado como siempre, Por la bestia muerta, la bestia
viviente-.
De noche, cuando se aburría, lo que ocurría a diario los hombres se dejaban
resbalar por las barras de latón y Ponían en marcha las combinaciones del
sistema olfativo del Sabueso, y soltaban ratas en el área del cuartel de bomberos;
otras veces, pollos, y otras, gatos que , de todos modos, hubiesen tenido que ser
ahogados, Y se hacían apuestas acerca qué presa el Sabueso cogería primero.
Los animales eran soltados. Tres segundos más tarde, el fuego había terminado,
la rata, el gato pollo atrapado en mitad del patio, sujeto por las suaves pezuñas,
mientras una aguja hueca de diez centímetros surgía del morro del Sabueso para