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inyectar una dosis masiva de morfina o de procaína. La presa era arrojada luego al
incinerador. Empezaba otra partida.
Cuando ocurría esto, Montag solía quedarse arriba. Hubo una vez, dos años atrás,
en que hizo una apuesta y perdió el salario de una semana, debiendo enfrentarse
con la furia insana de Mildred, que aparecía en sus venas y sus manchas rojizas.
Pero, ahora, durante la noche, permanecía tumbado en su litera, con el rostro
vuelto hacia la pared, escuchando las carcajadas de abajo y el rumor de las patas
de los roedores, seguidos del rápido y silencioso movimiento del Sabueso que
saltaba bajo la cruda luz, encontrando, sujetando a su victima, insertando la aguja
y regresando a su perrera para morir como si se hubiese dado vueltas a un
conmutador.
Montag tocó el hocico. El Sabueso gruñó.
Montag dio un salto hacia atrás.
El Sabueso se levantó a medias en su perrera miró con ojos verdeazulados de
neón que parpadea, en sus globos repentinamente activados. Volvió a gruñir, una
extraña combinación de siseo eléctrico, de pitar y de chirrido de metal, un girar de
engranajes parecían oxidados y llenos de recelo.
-No, no, muchacho -dijo Montag-.
El corazón le latió fuertemente. Vio que la aguja plateada asomaba un par de
centímetros, volvía a ocultarse, asomaba un par de centímetros, volvía a
ocultarse, asomaba, se ocultaba. El gruñido se acentuó, la bestia miró a Montag.
Éste retrocedió. El Sabueso adelantó un paso en su perrera. Montag cogió la barra
de metal con una mano. La barra, reaccionando, se deslizó hacia arriba y
silenciosamente, le llevó más arriba del techo, débilmente iluminada. Estaba
tembloroso y su rostro tenía un color blanco verdoso. Abajo, el Sabueso había
vuelto a agazaparse sobre sus increíbles ocho patas de insecto y volvía a
ronronear para sí mismo, con sus ojos de múltiples facetas en paz.
Montag esperó junto al agujero a que se calmaran sus temores. Detrás de él,
cuatro hombres jugaban a los naipes bajo una luz con pantalla verde, situada en
una esquina. Los jugadores lanzaron una breve mirada a Montag, pero no dijeron
nada. Sólo el hombre que llevaba el casco de capitán y el signo del cenit en el
mismo, habló por último, con curiosidad, sosteniendo las cartas en una de sus
manos, desde el otro lado de la larga habitación.
-Montag...
-No le gusto a ése -dijo Montag-.