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Beatty resopló amablemente.
-¡Diablos! Es una magnífica pieza de artesanía, un proyectil que busca su propio
objetivo y garantiza blanco cada vez.
-Por eso no quisiera ser su próxima víctima -replicó Montag-.
-¿Por qué? ¿Te remuerde la conciencia acerca de algo?
Montag levantó la mirada con rapidez.
Beatty permanecía allí, mirándole fijamente a ojos, en tanto que su boca se abría y
empezaba a con suavidad.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días. Y cada vez que él salía de la casa.
Clarisse estaba por allí, en algún jugar del mundo. Una vez, Montag la vio
sacudiendo un nogal; otra, sentada en el césped, tejiendo un jersey azul; en tres o
cuatro ocasiones, encontró un ramillete de flores tardías en el porche de su casa,
o un puñado de nueces en un pequeño saquito, o varias hojas otoñales
pulcramente clavadas en una cuartilla de papel blanco, sujeta en su puerta.
Clarisse le acompañaba cada día hasta la esquina. Un día, llovía; el siguiente,
estaba despejado; el otro, soplaba un fuerte viento, y el de más allá, todo estaba
tranquilo y en calma; el día siguiente a ese día en calma fue semejante a un horno
veraniego y Clarisse apareció con el rostro quemado por el sol.
-¿Por qué será -dijo él una vez, en la entrada del «Metro»- que tengo la sensación
de conocerte desde hace muchos años?
-Porque le aprecio a usted -replicó ella-, y no deseo nada suyo. Y porque nos
conocemos mutuamente.
-Me haces sentir muy viejo y parecido a un padre.
-¿Puede explicarme por qué no tiene ninguna hija como yo, si le gustan tanto los
niños?
-Lo ignoro.
-¡Bromea usted!
-Quiero decir... -Montag calló y meneó la cabeza- . Bueno, es que mi esposa... Ella
nunca ha deseado tener niños.
La muchacha dejó de sonreír.
-Lo siento. Me había parecido que se estaba burlando de mí. Soy una tonta.