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Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días: el cuartel de bomberos.
-Montag, estás puliendo esa barra como un pájaro encaramado en un árbol.
Tercer día.
-Montag, he visto que entrabas por la puerta posterior. ¿Te preocupa el Sabueso?
-No, no.
Cuatro días.
-¡Qué curioso, Montag! Esta mañana lo he oído contar. Un bombero de Seattle
sintonizó adrede un sabueso mecánico con su propio complejo químico y,
después, lo soltó. ¿Qué clase de suicidio llamarías a esto?
Cinco, seis, siete días.
Y, luego, Clarisse desapareció. Montag advirtió lo que ocurría aquella tarde, peor
era no verla por allí. El césped estaba vacío, los árboles vacíos, la calle también, y
si bien al principio Montag ni siquiera comprendió que la echaba en falta o que la
estaba buscando, la realidad era que cuando llegó al «Metro» sentía en su interior
débiles impulsos de intranquilidad.
Algo ocurría, algo había alterado su rutina. Una rutina sencilla, es cierto,
establecida en unos cuantos días, y, sin embargo...
Estuvo a punto de volver atrás para rehacer el camino, para dar tiempo a que la
muchacha apareciese. Estaba seguro de que si seguía la misma ruta todo saldría
bien. Pero era tarde, y la llegada del convoy puso punto final a sus planes.
El revoloteo de los naipes, el movimiento de las manos, de los párpados, el
zumbido de la voz que anunciaba la hora en el techo del cuartel de bomberos: « ...
una treinta y cinco. Jueves mañana, 4 noviembre ... Una treinta y seis... Una
treinta y siete de la mañana ... » El rumor de los naipes en la grasienta mesa...
Todos los sonidos llegaban a Montag tras sus ojos cerrados, tras la barrera que
había erigido momentáneamente. Percibía el cuartel lleno de centelleos y de
silencio, de colores de latón, de colores de las monedas, de oro, de plata. Los
hombres, invisibles, al otro lado de la mesa, suspiraban ante sus naipes,
esperando. « ... Una cuarenta y cinco...» El reloj oral pronunció lúgubremente la
fría hora de una fría mañana de un año aún más frío.
-¿Qué te ocurre, Montag?
El aludido abríó los ojos.