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-Si los tuviésemos...
-¿Tienes alguno?
Beatty parpadeó lentamente.
-No.
Montag miró hacia la pared, más allá de ellos, en la que había las listas
mecanografiadas de un millón de libros prohibidos. Sus nombres se consumían en
el fuego, destruyendo los años bajo su hacha y su manguera, que arrojaba
petróleo en vez de agua.
-No.
Pero, procedente de las rejas de ventilación de su casa, un fresco viento empezó
a soplar helándole suavemente el rostro. Y, una vez más, se vio en el parque
hablando con un viejo, un hombre muy viejo, y también el viento del parque era
frío
Montag vaciló:
-¿Siempre..., siempre ha sido así? ¿El cuartel de bomberos, nuestro trabajo?
Bueno, quiero decir que hubo una época...
-¡Hubo una época! -repitió Beatty-. ¿Qué manera de hablar es ésa?
«Tonto -pensó Montag-, te has delatado.» En el último fuego, un libro de cuentos
de hadas, del que casualmente leyó una línea...
-Quiero decir -aclaro-, que en los viejos días, antes de que las casas estuviesen
totalmente a prueba de incendios... -De pronto, pareció que una voz mucho más
joven hablaba por él. Montag abrió la boca y fue Ciarisse MacCiellan la que
preguntaba-: ¿No se dedicaban los bomberos a apagar incendios en lugar de
provocarlos y atizarlos?
-¡Es el colmo!
Stoneman y Black sacaron su libro guía, que también contenía breves relatos
sobre los bomberos de América Y los dejaron de modo que Montag, aunque
familiarizado con ellos desde hacía mucho tiempo, pudiese leer
Establecidos en 1790 para quemar los libros influencia inglesa de las colonias.
Primer bombe Benjamín Franklin.
REGLA 1. Responder rápidamente a la alarma.