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2. Iniciar el fuego rápidamente.
3. Quemarlo todo.
4. Regresar inmediatamente al cuartel.
5. Permanecer alerta para otras alarmas.
Todos observaban a Montag. Éste no se movía.
Sonó la alarma.
La campana del techo tocó doscientas veces. De pronto hubo cuatro sillas vacías.
Los naipes cayeron como copos de nieve. La barra de latón se estremeció. Los
hombres se habían marchado.
Montag estaba sentado en su silla. Abajo, el dragón anaranjado tosió y cobró vida.
Montag se deslizó por la barra, como un hombre que sueña.
El Sabueso Mecánico daba saltos en su guerrera con los ojos convertidos en una
llamarada verde.
-¡Montag, te olvidas del casco!
El aludido lo cogió de la pared que quedaba a su espalda, corrió, saltó, y se
pusieron en marcha, con el viento nocturno martilleado por el alarido de su sirena
y su poderoso retumbar metálico.
Era una casa de tres plantas, de aspecto ruinoso, en la parte antigua de la ciudad,
que contaría, por lo menos, un siglo de edad; pero, al igual que todas las casas,
había sido recubierta muchos años atrás por una delgada capa de plástico,
ignífuga, y aquella concha protectora parecía ser lo que la mantuviera erguida en
el aire.
-¡Aquí están!
El vehículo se detuvo. Beatty, Stoneman y Black atravesaron corriendo la acera,
repentinamente odiosos y gigantescos en sus gruesos trajes a prueba de llamas.
Montag les siguió.
Destrozaron la puerta principal y aferraron a una mujer, aunque ésta no corría, no
intentaba escapar. Se limitaba a permanecer quieta, balanceándose de uno a otro
pie, con la mirada fija en el vacío de la pared, como si hubiese recibido un terrible
golpe en la cabeza. Movía la boca, y sus ojos parecían tratar de recordar algo. y,
luego, lo recordaron y su lengua volvió a moverse: