41
-No Pueden quedarse con mis libros -dijo-.
Ya conoce la ley -replicó Beatty-. ¿Dónde está su sentido común? Ninguno de
esos libros está de acuerdo con el otro. Usted lleva aquí encerrada años con una
condenada torre de Babel. ¡Olvídese de ellos! La gente de esos libros nunca ha
existido. ¡Vamos!
Ella meneó la cabeza.
-Toda la casa va a arder -advirtió Beatty-
.
Con torpes movimientos, los hombres traspusieron la puerta. Volvieron la cabeza
hacia Montag, quien permanecía cerca de la mujer.
-¡No iréis a dejarla aquí! -protestó él-.
-No quiere salir.
-¡Entonces, obligadla!
Beatty levantó una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador.
-Hemos de regresar al cuartel. Además, esos fanáticos siempre tratan de
suicidarse. Es la reacción familiar.
Montag apoyó una de sus manos en el codo mujer.
-Puede venir conmigo.
-No -contestó ella-. Gracias, de todos modos.
-Vamos a contar hasta diez -dijo Beatty-. Uno, Dos.
-Por favor -dijo Montag-.
-Márchese -replicó la mujer-. Tres. Cuatro.
-Vamos.
Montag tiró de la mujer.
-Quiero quedarme aquí -contestó ella con serenidad-.
-Cinco. Seis.
-Puedes dejar de contar -dijo ella-.