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Abrió ligeramente los dedos de una mano; en la palma de la misma había un
objeto delgado.
Una vulgar cerilla de cocina.
Esta visión hizo que los hombres se precipitaran fuera y se alejaran de la casa a
todo correr. Para mantener su dignidad, el capitán Beatty retrocedió lentamente a
través de la puerta principal, con el rostro quemado, brillante gracias a un millar de
incendios y de emociones nocturnas. “Dios -pensó Montag-, ¡cuán cierto es! La
alarma siempre llega de noche. ¡Nunca durante el día” ¿Se debe a que el fuego es
más bonito por la noche?
¿Más espectacular, más llamativo? El rostro sonrojado de Beatty mostraba, ahora,
una leve expresión depánico. Los dedos de la mujer se engarfiaron sobre la cerilla.
Los vapores del petróleo la rodeaban. Montag sintió que el libro oculto latía como
un corazón contra su pecho.
- Váyase -dijo la mujer-.
y Montag, mecánicamente, atravesó el vestíbulo, saltó por la puerta en pos de
Beatty, descendió los escalones, cruzó el jardín, donde las huellas del petróleo
formaban un rastro semejante al de un caracol maligno.
En el porche frontal, a donde ella se había asomado para calibrarlos
silenciosamente con la mirada, y había una condena en aquel silencio, la mujer
permaneció inmóvil.
Beatty agitó los dedos para encender el petróleo.
Era demasiado tarde. Montag se quedó boquiabierto.
La mujer, en el porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alargó el brazo y
encendió la cerilla, frotándola contra la barandilla.
La gente salió corriendo de las casas a todo lo largo de la calle.
No hablaron durante el camino de regreso al cuartel, Rehuían mirarse entre sí.
Montag iba sentado en el banco delantero con Beatty y con Black. Ni siquiera
fumaron sus pipas. Permanecían quietos, mirando por la parte frontal de la gran
salamandra mientras doblaban una esquina y proseguían avanzando
silenciosamente.
-Joven Ridley -dijo Montag por último-.
-¿Qué? -Preguntó Beatty-.