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hambrientas. Y sus ojos empezaban a estarlo también, como si tuviera necesidad
de ver algo, cualquier cosa, todas las cosas.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó su esposa-.
Montag se balanceó en el espacio con el libro entre sus dedos sudorosos y fríos.
Al cabo de un minuto, ella insistió:
-Bueno, no te quedes plantado en medio de la habitación.
Él produjo un leve sonido.
-¿Qué? -preguntó Mildred-.
Montag produjo más sonidos suaves. Avanzó dando traspiés hacia la cama y
metió, torpemente, el libro bajo la fría almohada. Se dejó caer en la cama y su
mujer lanzó una exclamación, asustada. Él yacía lejos de ella, al otro lado del
dormitorio, en una isla invernal separada por un mar vacío. Ella le habló desde lo
que parecía una gran distancia, y se refirió a esto y aquello, y no eran más que
palabras, como las que había escuchado en el cuarto de los niños de un amigo, de
boca de un pequeño de dos años que articulaba sonidos al aire. Pero Montag no
contestó y, al cabo de mucho rato, cuando sólo él producía los leves sonidos,
sintió que ella se movía en la habitación, se acercaba a su cama, se inclinaba
sobre él y le tocaba una mejilla con la mano. Montag estaba seguro de que
cuando ella retirara la mano de su rostro, la encontraría mojada.
Más avanzada la noche, Montag miró a Mildred. Estaba despierta. Una débil
melodía flotaba en el aire, Y su radio auricular volvía a estar enchufada en su
oreja, mientras escuchaba a gente lejana de lugares remotos, con unos ojos muy
abiertos que contemplaban las negras profundidades que había sobre ella, en el
techo.
¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que hablaba tanto por teléfono que
su esposo, desesperado, tuvo que correr a la tienda más próxima para
telefonearle y preguntar qué había para la cena? Bueno, entonces, ¿Por qué no
se compraba él una emisora para radio auricular y hablaba con su esposa ya
avanzada noche, murmurando, susurrando, gritando, vociferando? Pero, ¿qué le
susurraría, qué le chillaría? ¿Qué hubiese podido decirle?
Y, de repente, le resultó tan extraña que Montag no pudo creer que la conociese.
Estaba en otra casa, esos chistes que contaba la gente acerca del caballero
embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abría una puerta que no era
la suya, se metía en la habitación que no era la suya, se acostaba con un
desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de
los dos hubiese notado nada