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Ella estaba ahora en el cuarto de baño, y Montag oyó correr el agua y el ruido que
hizo Mildred al beberla.
-No, supongo que no -dijo-.
Trató de contar cuántas veces tragaba, y pensó en la visita de los dos operarios
con los cigarrillos en sus bocas rectilíneas y la serpiente de ojo electrónico
descendiendo a través de capas y capas de noche y de piedra y de agua
remansada de primavera, y deseó gritar a su mujer: «¿Cuántas te has tomado
esta noche? ¡Las cápsulas! ¿Cuántas te tomarás después sin saberlo? ¡Y seguir
así hora tras hora! ¡Y quizá no esta noche, sino mañana! ¡Y yo sin dormir esta
noche, ni mañana, ni ninguna otra durante mucho tiempo, ahora que esto ha
empezado!» Y Montag se la imaginó tendida en la cama, con los dos operarios
erguidos a su lado, no inclinados con preocupación, sino erguidos, con los brazos
cruzados' Y recordó haber pensado entonces, que si ella moría, estaba seguro
que no había de llorar. Porque sería la muerte de una desconocida, un rostro visto
en la calle, una imagen del periódico; y, de repente, le resultó todo tan triste que
había empezado a llorar, no por la muerte, sino el pensar que no lloraría cuando
Mildred muriera, un absurdo hombre vacío junto a una absurda mujer vacía, en
tanto que la hambrienta serpiente la dejaba aún más vacía.
«¿Cómo se consigue quedar tan vacío? -se preguntó Montag-. ¿Quién te vacía?
¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Lo había comprendido todo
¿verdad? "¡Qué vergüenza! ¡No está enamorado de nadie!" y ¿ por qué no? »
Bueno, ¿no existía una muralla entre él y Mildred pensándolo bien? Literalmente,
no sólo un muro,. tres, en realidad. Y, además, muy caros. Y los tíos, las tías, los
primos, las sobrinas, los sobrinos que vivían en aquellas paredes, la farfullante
pandilla de simios que no decían nada, nada, y lo decían a voz en grito. Desde el
principio, Montag se había acostumbrado a llamarlos parientes. «¿Cómo está hoy,
tío Louis?» «¿Quién?» «¿ tía Maude?» En realidad, el recuerdo más significativo
que tenía de Mildred era el de una niñita en un bosque sin árboles (¡qué extraño)
o, más bien, de una niñita perdida en una meseta donde solía haber árboles
(podía percibirse el recuerdo de sus formas por doquier), sentada en el centro de
la «sala de estar». La sala de estar ¡Qué nombre más bien escogido! Llegara
cuando llegara, allí estaba Mildred, escuchando cómo las paredes le hablaban.
-¡Hay que hacer algo!
-Sí, hay que hacer algo.
-¡Bueno, no nos quedemos aquí hablando!
-¡Hagámoslo!
-¡Estoy tan furioso que sería capaz de escupir!