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¿A qué venía aquello? Mildred no hubiese sabido decirlo. ¿Quién estaba furioso
contra quién? Mildred lo sabía bien. ¿Qué haría? «Bueno -se dijo Mildred
esperemos y veamos.»
Él había esperado para ver.
Una gran tempestad de sonidos surgió de las des. La música le bombardeó con un
volumen tan intenso, que sus huesos casi se desprendieron de los tendones; sintió
que le vibraba la mandíbula, que los ojos retemblaban en su cabeza. Era víctima
de una conmoción. Cuando todo hubo pasado, se sintió como un hombre que
había sido arrojado desde un acantilado, sacudido en una centrifugadora y
lanzado a una catarata que caía y caía hacia el. vacío sin llegar nunca a tocar el
fondo, nunca, no del todo; y se caía tan aprisa que se tocaban los lados, nunca,
nunca jamás se tocaba nada.
El estrépito fue apagándose. La música cesó.
- Ya está -dijo Mildred-.
y, desde luego, era notable. Algo había ocurrido. Aunque en las paredes de la
habitación apenas nada se había movido y nada se había resuelto en realidad, se
tenía la impresión de que alguien había puesto en marcha una lavadora o que uno
había sido absorbido por un gigantesco aspirador. Uno se ahogaba en música, y
en pura cacofonía. Montag salió de la habitación, sudando y al borde del colapso.
A su espalda, Mildred estaba sentada en su butaca, y las voces volvían a sonar
-Bueno, ahora todo irá bien -decía una «tia»-.
-Oh, no estés demasiado segura -replicaba un «primo»-.
-Vamos, no te enfades.
-¿Quién se enfada?
-¡Tú!
-¿Yo?
-¡Tú estás furioso!
-¿Por qué habría de estarlo?
-¡Porque sí!
-¡Está muy bien! -gritó Montag---. Pero, ¿por qué están furiosos? ¿Quién es esa
gente? ¿Quién es ese hombre Y quién es esa mujer? ¿Son marido y mujer, están
divorciados, prometidos o qué? Válgame Dios, nada tiene relación.