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-Ellos... -dijo Mildred-. Bueno, ellos.... ellos han tenido esta pelea, ya lo has visto.
Desde luego, discuten Mucho. Tendrías que oírlos. Creo que están casados. Sí,
están casados. ¿Por qué?
Y si no se trataba de las tres paredes que pronto se convertirían en cuatro para
completar el sueño, entonces, era el coche descubierto y Mildred conduciendo a
ciento cincuenta kilómetros por hora a través de la ciudad, el gritándole y ella
respondiendo a sus gritos, mientras ambos trataban de oír lo que decían, pero
oyendo sólo el rugido del vehículo.
¡Por lo menos, llévalo el mínimo! -vociferaba Montag---.
-¿Qué? -preguntaba ella-.
-¡Llévalo al mínimo, a ochenta! -gritaba él-.
-¿Qué? -chillaba ella-.
-¡Velocidad! -berreaba él-.
Y ella aceleró hasta ciento setenta kilómetros por hora y dejó a su marido sin
aliento.
Cuando se apearon del vehículo, ella se había puesto la radio auricular.
Silencio. Sólo el viento soplaba suavemente.
-Mildred.
Montag rebulló en la cama. Alargó una mano y s de la oreja de ella una de las
diminutas piezas musicales.
-Mildred. ¡Mildred!
- Sí.
La voz de ella era débil.
Montag sintió que era una de las criaturas insertadas electrónicamente entre las
ranuras de las paredes de fonocolor, que hablaba, pero que sus palabras no
atravesaban la barrera de cristal. Sólo podía hacer una pantomima, con la
esperanza de que ella se volviera y viese. A través del cristal, les era imposible
establecer contacto.
-Mildred, ¿te acuerdas de esa chica de la que he hablado?